Un viaje corto

Cuando subo al coche siempre hago viajes interplanetarios. A veces, intergalácticos.

Marshall McLuhan, en Comprender los medios de comunicación, contó con acierto cómo cualquier objeto que utilicemos, por pequeño o grande que sea, se convierte en parte orgánica e indivisible del cuerpo. Si utilizamos un martillo, nuestro brazo ya no termina en la punta de los dedos, sino que termina en el extremo del martillo. Ocurre con todo, martillos, cucharas, bisturís, zancos y, por supuesto, vehículos.

Cuando conducimos un vehículo, el cerebro entiende que, de cintura para abajo, medimos cuatro metros de largo y dos de ancho.

La propiocepción es el sentido gracias al cual sabemos dónde están las partes de nuestro cuerpo aunque no las estemos viendo. Pies, manos, rodillas, nariz, siempre sabemos dónde están, el cerebro lo sabe. Cuando extendemos nuestro cuerpo al de un vehículo, el cerebro adapta la propiocepción para incluir las dimensiones del vehículo. Con muy pocas horas de adaptación, sabemos cuándo el parachoques va a tocar al de delante o cuándo la rueda va a pisar una naranja. En ese instante pasamos de ser humanos a ser centautos, mezcla de humanos y coches. Da igual que el vehículo sea un coche, un Boeing 787 o un súper petrolero.

Cuando subo a mi coche, pienso en los humanos que se subirán a un vehículo espacial para ir, por ejemplo, a nuestra Luna o a las de otros planetas. La cosa sería algo así:

Alexánder Pérez Chen, mi descendiente dentro de ocho generaciones, tiene un contrato de dos días para hacer un control de calidad de minerales en una fábrica instalada en el Lago de los Sueños, en la cara visible de la Luna.

Antes de salir de su casa, cuando aún no ha amanecido, prepara una mochila rápida y, sobre todo, echa en ella una pantalla del tamaño de una mano que contiene todas las rutas del sistema solar. Le gusta llevarlo porque le gusta soñar con viajes más emocionantes que el que tiene que hacer.

Cierra la puerta con cuidado para no despertar a su familia, que aún duerme y, al cabo de una hora, llega a la oficina de alquiler de naves que se encuentra en órbita alrededor de la Tierra. Camina por los pasillos, que están muy bien acondicionados magnéticamente, y aunque la endolinfa del interior de sus oídos y sus cabellos descontrolados le dicen que está flotando en gravedad cero, puede caminar con normalidad sobre la moqueta de colores marrones y mostazas de la empresa de alquiler.

En el interior de la nave, cuando se sienta frente al panel de mandos, piensa por un instante en los hombres que han pilotado vehículos antes que él y en los que los pilotarán en el futuro, y siente un pellizco de emoción. Siente cómo la nave, que mide seis metros de largo por dos y medio de ancho, forma parte de su cuerpo. De alguna manera percibe los anclajes traseros y laterales que la mantienen unida a la matriz de naves de alquiler listas para ser usadas.

A su alrededor, solo una tenue luz ilumina el contenido de la cabina. El silencio es absoluto. A través de los cristales ve a los lados las otras naves y, al frente, el espacio negro e inmenso cuajado de millones de diminutas estrellas. Desde la Tierra no se ven las estrellas pequeñas.

Coloca la ficha, que le han dado en la oficina, en un hueco del tablero de mandos y todos los controles comienzan a iluminarse. Alexánder siente una emoción infundada, se imagina a bordo de una nave mucho más compleja que la que tiene y con un destino mucho más exótico en un futuro muy lejano.

Aunque conoce los controles perfectamente, le gusta apreciarlos uno por uno. Cualquier otro piloto ya hubiera puesto todo en modo automático y habría salido de inmediato, pero a Alexánder le gusta la liturgia de los pequeños detalles. Pone música suave que comienza a reproducirse en un cuadrado verde a la derecha del panel. Al mirar de nuevo a través de las ventanas ahora ve sobreimpresa la imagen de una pista de despegue.

Deja su pantalla de rutas en un rectángulo sobre el panel de mandos y en una parte del cristal que da al exterior aparece la lista de objetos del Sistema Solar. Ahí están los planetas, sus lunas, anillos de asteroides localizados… Alexánder selecciona «Luna», comprueba que todos los sistemas de la nave están en verde y libera los soportes de enganche del atracadero.

Con la mano derecha va subiendo unas líneas gruesas de color naranja que hay en el panel y que indican la potencia a la que funcionan los motores. La nave sale suavemente de su ubicación y en pocos segundos el atracadero se convierte en un punto brillante que se aleja en medio del silencio.

Alexánder mira la Luna, que se hace visible por las ventanillas de la izquierda, y disfruta sintiéndose parte de esa nave que, en realidad, es él mismo ampliado.

Mientras mi descendiente cruza el vacío del espacio en su nave alquilada, yo pongo la temperatura de mi Peugeot en 23 grados, acciono el limpiaparabrisas y activo la resistencia para eliminar el vaho de los cristales.

Al girar el volante con suavidad hacia la izquierda para salir del aparcamiento, oigo muy bajito el silbido de la dirección asistida y sé con certeza que, si un día me toca pilotar una nave para ir a trabajar a la Luna, voy a sentir exactamente lo mismo.

Alrosa Air 514

Martes 7 de septiembre de 2010. El capitán Andrei Lamanov y el primer oficial Yevgeny Novoselov charlan en la cabina del Tupolev Tu-154M. Son las tres de la madrugada y la noche está clara. Unos meses antes, en junio, a esta hora ya estaba el sol fuera. Hace 6 grados en el exterior, una temperatura agradable comparada con los cincuenta bajo cero que suele hacer en invierno.

Están en el aeropuerto de Udachny, en Yakutia, plena Siberia. Se dirigen a Moscú y el vuelo promete ser apacible. El clima es bueno y las nueve de la mañana es una hora fantástica para aterrizar cerca de Moscú. Tendrán todo el miércoles para descansar.

A las 3:22 han completado las tareas de chequeo necesarias para el despegue y la torre de control les da permiso para despegar. Cinco minutos después, el Tupolev trimotor acelera por la única pista del aeropuerto Polyarny y despega con elegancia en la fresca mañana siberiana.

A las siete de la mañana, cuando aún les quedan dos horas para llegar a su destino, en la cabina suena dos veces una alarma ascendente parecida a las antiaéreas de la segunda guerra mundial, pero con una duración de solo un segundo.

– ¿Qué pasa? –pregunta el capitán Lamanov.

– Se ha desconectado el piloto automático –le responde el copiloto Novoselov.

Durante unos segundos intentan volver a activarlo pero no lo consiguen. Abren el manual de vuelo y consultan las posibles causas de la incidencia. Cuando aún no han encontrado el motivo, otra alarma, esta de un tono plano que se repite cada segundo, comienza a sonar en el panel del ingeniero de vuelo.

– ¡Estamos perdiendo los sistemas eléctricos! –exclama el ingeniero con preocupación.

– Se nos ha ido también el sistema de navegación –añade el cuarto tripulante de la cabina.

– Control, Alrosa cinco uno cuatro, tenemos problemas con los sistemas eléctricos a bordo –informa por radio el capitán Lamanov.

– Recibido, Alros… –la respuesta de la torre de control se corta antes de terminar. Han perdido la radio y demás sistemas de comunicaciones.

Mientras sucede esto en la cabina, los pasajeros se encuentran tranquilamente en sus asientos, dormidos, leyendo, o mirando por las ventanillas la interminable y deshabitada tundra siberiana. El avión continua volando aparentemente con la misma normalidad que ha volado hasta el momento.

– ¡Se han apagado las bombas eléctricas! –exclama el ingeniero.

Las bombas eléctricas son las encargadas de llevar combustible desde los tanques externos al tanque del que se alimentan los motores, de manera que, aunque el combustible está ahí, dejará de llegar en breve.

– ¿Cuánto tiempo nos queda? –pregunta el capitán Lamanov.

– Unos treinta minutos –responde el ingeniero.

– De acuerdo, vamos a descender de inmediato, tenemos que aterrizar de emergencia –anuncia el capitán y empuja el timón hacia adelante para bajar el morro del avión.

Cuando el avión desciende por debajo de las nubes, los tripulantes ven la extensión inabarcable de la tundra siberiana serpenteada solo por un río del que desconocen hasta su nombre. Es el río Izhma.

Utilizan las cartas de navegación para calcular su posición y buscar el aeropuerto más cercano, pero no hay ninguno al que puedan llegar antes de que se les agote el combustible. El capitán decide entonces acuatizar el avión. Están volando a unos mil metros de altitud y, desde esa altura, comienzan a alinear el avión con el sinuoso cauce del río Izhma intentando encontrar un tramo ancho y recto.

– ¿Eso es una pista? –pregunta el capitán muy sorprendido, señalando una zona rectangular despejada que hay delante y un poco a la derecha.

– Eso parece –responde el copiloto muy serio, calculando ya los movimientos que tendrán que hacer para que el Tupolev pueda aterrizar allí.

– Esa pista no figura en las cartas de navegación –informa el navegante.

– Abajo tren de aterrizaje –ordena el capitán.

El Tupolev va demasiado deprisa para aterrizar, el problema es que no pueden desplegar los flaps porque, aunque el sistema hidráulico funciona bien, el interruptor que activa los flaps es eléctrico. Mala suerte.

El avión se acerca a la cabecera de la pista a más de trescientos kilómetros por hora. Los pasajeros guardan silencio, agarrados al asiento de delante, como si quisieran conocer su suerte por los sonidos que oyen.

El capitán da orden de mover el máximo de pasajeros a los asientos delanteros para ganar presión en el frenado. Cuando están a tan solo cien metros de altura, el capitán cancela el aterrizaje porque la pista es demasiado corta.

Al encarar el segundo intento, ven por las ventanillas que algunos vehículos se han acercado a la pista abandonada, probablemente alertados por el primer intento o por la torre de control, que habrán adivinado las intenciones de utilizar la antigua pista militar. La sobrevuelan de nuevo y abortan el aterrizaje por segunda vez. Ahora ya se han hecho una idea clara de las posibilidades del terreno. La pista es muy corta, probablemente tiene quinientos metros menos de los que va a necesitar el Tupolev para frenar, pero ya no les queda combustible para hacer más intentos.

En el tercer intento disminuyen la velocidad tanto como pueden y bajan hasta casi rozar las copas de los árboles para posar las ruedas en el primer metro de asfalto disponible.

– Todo el mundo listo –dice concentrado el capitán Lamanov mientras sujeta el timón con las dos manos.

Aterrizan, se salen ciento sesenta metros del final de la pista llevándose algunos árboles por delante y despliegan los toboganes de emergencia.

Llegan los escuetos servicios de tierra. Uno de ellos es el operario Sergei Sotnikov, que, a pesar de que la pista llevaba cerrada desde 2003 al tráfico aéreo, y él ya no trabajaba allí, quiso mantenerla siempre limpia de matojos y obstáculos por si un día hacía falta.

El capitán Lamanov le da la mano con un agradecimiento estoico, espartano, como probablemente solo se dan la mano las personas que con su esfuerzo consiguen gestas heroicas.

Mientras tanto, algunos pasajeros han comenzado a recoger champiñones. Es temporada.

Alrosa Air 514 (versión completa)

Martes 7 de septiembre de 2010. El capitán Andrei Lamanov y el primer oficial Yevgeny Novoselov charlan en la cabina del Tupolev Tu-154M. Son las tres de la madrugada y la noche está clara. Unos meses antes, en junio, a esta hora ya estaba el sol fuera. Hace 6 grados en el exterior, una temperatura agradable comparada con los cincuenta bajo cero que suele hacer en invierno.

Están en el aeropuerto de Udachny, en Yakutia, plena Siberia. Se dirigen a Moscú y el vuelo promete ser apacible. El clima es bueno y las nueve de la mañana es una hora fantástica para aterrizar cerca de Moscú. Tendrán todo el miércoles para descansar.

La sobrecargo del vuelo, una mujer morena muy atractiva, se asoma a la cabina y le pregunta a los cuatro ocupantes si desean tomar un café antes de despegar.

– Nada, sobrecargo, muchas gracias –responde el capitán con formalidad–. Prepare a los pasajeros para el despegue, por favor.

– Ahora mismo, señor –responde a su vez la sobrecargo con una sonrisa amable.

Dentro de la cabina se oye amortiguado el ronquido grave de los motores al ralentí.

A las 3:22 han completado las tareas de chequeo necesarias para el despegue y la torre de control les da permiso para despegar. Cinco minutos después, el Tupolev trimotor acelera por la única pista del aeropuerto Polyarny y despega con elegancia en la fresca mañana siberiana.

A las siete de la mañana, cuando aún les quedan dos horas para llegar a su destino, en la cabina suena dos veces una alarma ascendente parecida a las antiaéreas de la segunda guerra mundial, pero con una duración de solo un segundo.

– ¿Qué pasa? –pregunta el capitán Lamanov.

– Se ha desconectado el piloto automático –le responde el copiloto Novoselov.

Durante unos segundos intentan volver a activarlo pero no lo consiguen. Abren el manual de vuelo y consultan las posibles causas de la incidencia. Cuando aún no han encontrado el motivo, otra alarma, esta de un tono plano que se repite cada segundo, comienza a sonar en el panel del ingeniero de vuelo.

– ¡Estamos perdiendo los sistemas eléctricos! –exclama el ingeniero con preocupación.

– Se nos ha ido también el sistema de navegación –añade el cuarto tripulante de la cabina.

– Control, Alrosa cinco uno cuatro, tenemos problemas con los sistemas eléctricos a bordo –informa por radio el capitán Lamanov.

– Recibido, Alros… –la respuesta de la torre de control se corta antes de terminar. Han perdido la radio y demás sistemas de comunicaciones.

Mientras sucede esto en la cabina, los pasajeros se encuentran tranquilamente en sus asientos, dormidos, leyendo, o mirando por las ventanillas la interminable y deshabitada tundra siberiana. El avión continua volando aparentemente con la misma normalidad que ha volado hasta el momento.

– ¡Se han apagado las bombas eléctricas! –exclama el ingeniero.

Las bombas eléctricas son las encargadas de llevar combustible desde los tanques externos al tanque del que se alimentan los motores, de manera que, aunque el combustible está ahí, dejará de llegar en breve.

– ¿Cuánto tiempo nos queda? –pregunta el capitán Lamanov.

– Unos treinta minutos –responde el ingeniero.

– De acuerdo, vamos a descender de inmediato, tenemos que aterrizar de emergencia –anuncia el capitán y empuja el timón hacia adelante para bajar el morro del avión.

Al notar el descenso, la sobrecargo llama por el interfono a la cabina pero, al darse cuenta de que no funciona, se presenta directamente en la puerta. El capitán le informa brevemente y le pide que prepare a los pasajeros para un aterrizaje de emergencia.

Por primera vez en su vida, la sobrecargo siente un intenso pellizco de miedo en el estómago porque sabe que están volando sobre un territorio completamente deshabitado y cubierto únicamente por árboles. La idea de un aterrizaje de emergencia solo le sugiere una muerte segura. Con toda la tranquilidad de su experiencia como azafata, da las órdenes necesarias para que la tripulación y los pasajeros sepan lo que tienen que hacer a continuación.

Cuando el avión desciende por debajo de las nubes, los tripulantes ven la extensión inabarcable de la tundra siberiana serpenteada solo por un río del que desconocen hasta su nombre. Es el río Izhma.

Utilizan las cartas de navegación para calcular su posición y buscar el aeropuerto más cercano, pero no hay ninguno al que puedan llegar antes de que se les agote el combustible. El capitán decide entonces acuatizar el avión. Están volando a unos mil metros de altitud y, desde esa altura, comienzan a alinear el avión con el sinuoso cauce del río Izhma intentando encontrar un tramo ancho y recto.

– ¿Eso es una pista? –pregunta el capitán muy sorprendido, señalando una zona rectangular despejada que hay delante y un poco a la derecha.

– Eso parece –responde el copiloto muy serio, calculando ya los movimientos que tendrán que hacer para que el Tupolev pueda aterrizar allí.

– Esa pista no figura en las cartas de navegación –informa el navegante.

– Abajo tren de aterrizaje –ordena el capitán.

El Tupolev va demasiado deprisa para aterrizar, el problema es que no pueden desplegar los flaps porque, aunque el sistema hidráulico funciona bien, el interruptor que activa los flaps es eléctrico. Mala suerte.

El avión se acerca a la cabecera de la pista a más de trescientos kilómetros por hora. Los pasajeros guardan silencio, agarrados al asiento de delante, como si quisieran conocer su suerte por los sonidos que oyen.

El capitán da orden de mover el máximo de pasajeros a los asientos delanteros para ganar presión en el frenado. Cuando están a tan solo cien metros de altura, el capitán cancela el aterrizaje porque la pista es demasiado corta.

Al encarar el segundo intento, ven por las ventanillas que algunos vehículos se han acercado a la pista abandonada, probablemente alertados por el primer intento o por la torre de control, que habrán adivinado las intenciones de utilizar la antigua pista militar. La sobrevuelan de nuevo y abortan el aterrizaje por segunda vez. Ahora ya se han hecho una idea clara de las posibilidades del terreno. La pista es muy corta, probablemente tiene quinientos metros menos de los que va a necesitar el Tupolev para frenar, pero ya no les queda combustible para hacer más intentos.

En el tercer intento disminuyen la velocidad tanto como pueden y bajan hasta casi rozar las copas de los árboles para posar las ruedas en el primer metro de asfalto disponible.

– Todo el mundo listo –dice concentrado el capitán Lamanov mientras sujeta el timón con las dos manos.

El avión toca tierra al comienzo de la pista y avanza velozmente en línea recta mientras aplican frenos y deflectores para detenerlo antes de que se estrelle contra los árboles que hay al final.

– Vamos, vamos –masculla el capitán.

Cuando el avión se sale de la pista y comienza a rodar por la tierra que hay al final, los pasajeros empiezan a gritar aterrorizados. El capitán se las ingenia para girar el avión un poco hacia la izquierda y evitar el mayor número posible de árboles. Las alas arrancan varios de ellos y el capitán ruega en su interior que no se rompan los tanques de combustible que todavía cargan medio llenos. Se maldice por no haberlos vaciado mientras descendían.

Algunos pasajeros miran por las ventanillas cuando oyen los crujidos de los árboles al romperse contra las alas, otros, en cambio, aprietan los ojos con fuerza como intentando evitar que la muerte entre en ellos.

Finalmente el avión se detiene y durante una fracción de segundo solo se oye el silbido descendente de los sistemas que se están apagando. De inmediato los pasajeros saltan de sus asientos, algunos con tanta prisa que olvidan desabrocharse el cinturón.

Las azafatas han abierto las puertas de emergencia y han desplegado los toboganes hinchables. Fuera hace dos grados. Fuera está la continuidad de la vida, por mucho frío que haga. Los pasajeros se alejan del avión como se alejarían de un edificio en llamas, aunque el avión ya solo es un objeto inerte, el objeto que, unido a los cerebros de los pilotos, les ha salvado la vida. Un avión de metal comandado por pilotos humanos, un ser biónico.

En pocos minutos se acercan los escuetos servicios de emergencia que estaban, a pie de pista, esperando el difícil aterrizaje. Uno de ellos es el operario Sergei Sotnikov, que, a pesar de que la pista llevaba cerrada desde 2003 al tráfico aéreo, y él ya no trabajaba allí, quiso mantenerla siempre limpia de matojos y obstáculos por si un día hacía falta.

El capitán Lamanov le da la mano con un agradecimiento estoico, espartano, como probablemente solo se dan la mano las personas que con su esfuerzo consiguen gestas heroicas.

Mientras tanto, algunos pasajeros han comenzado a recoger champiñones. Es temporada.

Los Reyes Magos en Bangladesh

– Una vez hicimos una cabalgata de Reyes en Dhaka.
– …
– Dhaka, Bangladesh.
– Al norte de la India.
– Eso es. Éramos solo doce o trece españoles en todo el país, era 5 de enero y estábamos a 9.000 Km de calles pringosas de carámelos, gritos de chiquillos locos y Reyes Magos lanzando carámelos a puñados desde carrozas de fantasía iluminadas por focos de colores. Fue muy raro, en realidad. Nosotros sabíamos lo que estábamos haciendo, nos buscamos telas para hacernos los disfraces, a mí me pintaron de Baltasar tiznándome la cara con un corcho quemado… Pero el sentido profundo de aquello era incomprensible. Piensa que los Reyes vinieron de Oriente, pero nosotros estábamos en Oriente.
– Je, je.
– Me acordé del día que leímos el cuento de Alí Babá y los cuarenta ladrones en clase de bangla. El cuento comenzaba: «Érase una vez un leñador llamado Alí Babá que vivía cerca de la ciudad de París…».
– Je, je, claro, un cuento cuenta historias que suceden lejos, en lugares exóticos. Para un bangladeshi es mucho más exótico París que Persia, que son casi primos suyos.
– Exactamente (además Alí Babá significa literalmente Alí padre en bangla), pues ese tipo de rareza es la que conseguimos organizando una cabalgata de Reyes Magos en Dhaka, entre los barrios de Gulshan y Banani. Alquilamos varios bangaris, que son bicicletas con remolque, a los que acoplamos sillas del salón de casa. Nos sentamos allí arriba y empezamos a repartir lo que se nos ocurrió que sería mejor que caramelos, dada la pobreza del país: fruta, legumbres y huevos duros. Al cónsul por poco le da un ictus calculando cuántos cadáveres de españoles iba a tener que repatriar al día siguiente porque, al principio, la gente miraba la procesión con estupefacción, pero en cuanto entendieron que estábamos regalando comida, empezaron a cogerla con más avidez. Tanta, que comenzaron a quitárnosla de las manos y de las bolsas donde la llevábamos guardada. Al final acabamos huyendo como pudimos subidos en nuestras carrozas improvisadas. Nadie entendió nada pero nos lo pasamos bien.
– Como en el arte.
– Sí, artistas contando sus cosas frente a quienes no las entienden.
– …
– Sí, compañero, hay que contarlas. Necesitamos las historias de los demás, no ya para evolucionar, sino simplemente para vivir.

No me apagues, Mike

– ¡Nooo, noo, no!…– Mike sollozaba sentado en el suelo del pasillo y recostado contra la pared. Las piernas recogidas en un abrazo y la frente apoyada en las rodillas.– ¿Por qué lo has hecho Rob, por qué…?– Y el sonido de su voz se disolvía en el llanto que no podía parar.
– Lo siento, Mike– respondió la voz sintética de la IA que gobernaba la nave.– Tenía que tomar una decisión in extremis y no tuve más remedio.
– ¡Pero Sophie, era mi mujer!, ¡era un ser humano, por el amor de Dios!, ¿cómo has podido matarla?¬– Le gritó a una de las pantallas que había en la pared de enfrente sin dejar de llorar.
– Lo siento, Mike, créeme que lo siento –respondió Rob con programada emoción–, no pude hacer otra cosa. El suministro de oxígeno ha sufrido una avería y no habrá suficiente para los tres hasta llegar a Titán.
– Pero ¡por qué ella!– gritó loco de furia Mike mirando a la pantalla con ojos vidriosos.
– Sophie era mayor que tú– respondió Rob.
– ¡Pero solo un año, Rob!, ¡solo un año!– rugió Mike.
– Esa diferencia es suficiente en una decisión de sí o no, Mike. Lo siento.– Respondió Rob con voz calmada.
– Mierda, mierda, mierda…– Sollozaba Mike– ¿Y Claire?– Preguntó casi en un susurro.
– La niña está bien, Mike, al igual que tú,– respondió Rob.
Entonces Mike se levantó trastabillando y se dirigió a la habitación de control de la nave. Cientos de indicadores parpadeaban en tableros de mando y paredes. Mike manipuló unos cuantos y una gran X roja apareció en las pantallas junto a la pregunta: “¿Está seguro de que desea regenerar una nueva IA y desprogramar la actual?”. Debajo de la pregunta había una lista de precauciones y advertencias sobre todo lo que ocurriría al borrar la IA de la nave en pleno viaje.
– No me apagues, Mike–, dijo Rob con voz tranquila–, cualquier otra IA que actives habría hecho lo mismo que yo.
Las lágrimas de Mike resbalaban por sus mejillas y caían sobre el tablero de mandos distorsionando levemente las letras bajo el cristal. Tenía la cabeza gacha y las manos apoyadas sobre los controles.
Súbitamente, se irguió, giró sobre sus pies y salió de la habitación de control. Caminó a paso ligero, empujó una puerta con el rótulo Enfermería y, cuando las luces se amplificaron ante su presencia, se plantó delante de un almacén computerizado de medicamentos. Tecleó varias instrucciones en la pantalla adjunta y en pocos segundos aparecieron cuatro jeringuillas finas, llenas de un líquido transparente como el agua.
Mike las abrió todas sobre el mostrador de la enfermería y, sin dudarlo, se las inyectó una tras otra en la vena más prominente del brazo derecho.
A los pocos minutos, Mike estaba tumbado en el suelo inconsciente. Y unos pocos minutos después, Mike estaba muerto. Su corazón se había detenido por el exceso de anestésicos.
La nave continuó su viaje a Titán en medio del mismo silencio inmutable que la había rodeado durante meses. En el interior solo unas pocas luces ténues indicaban que la nave estaba operativa.
Sophie salió de la hibernación unos días después. Cuando descubrió a Mike tendido en el suelo de la enfermería intentó reanimarlo durante algunos minutos hasta que asumió que su muerte era irreversible.
– ¡Rob!– gritó a una de las pantallas de la enfermería–, ¡dime qué ha ocurrido aquí! ¡Ahora!
Rob le hizo un breve resumen de la situación y le enseñó los vídeos donde se veía todo lo sucedido.
Sophie los miró en silencio mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
– ¿Por qué le mentiste, Rob? – Preguntó Sophie muy seria.
– Tenía que decidir a quién quitarle la vida y mis algoritmos no me permitían elegir a ninguno de los tres. Conociendo el perfil psicológico de vosotros dos creí que Mike no soportaría tu muerte y que se suicidaría como así ocurrió, lo cual era una solución satisfactoria al problema.
– Lo que tenías que haber hecho era despertarnos a los tres y dejarnos tomar nuestras propias decisiones, maldito hijo de perra.– Y sin mediar palabra, se dirigió a la sala de control y pulsó la gran X roja mientras la voz de Rob se interrumpía en medio de un «No me apa…»

Ciclista en Bangladesh

– Y si lo que te gusta es tocar el bajo, ¿por qué no te dedicas a eso?
– Hombre, Álvaro, no es tan sencillo. Tengo cosas que pagar. Cuando llega el casero a fin de mes no puedo pagarle con una canción.
Álvaro me miró sonriente y se encogió un poco de hombros. Ahora, ocho años después, creo que podría haberme respondido: «Depende de por cuánto la vendas».
– Y tú ¿cómo lo haces para sobrevivir?, ¿no necesitas dinero?, ¿cómo lo has hecho para llegar hasta mi casa en Bangladesh?
– Bueno, fundamentalmente pedaleando –y sonríe, porque es verdad que ha llegado a mi casa en Dhaka pedaleando desde Asturias y pasando antes por África y Sudamérica–. No necesito mucho dinero, hay meses que no me gasto ni cincuenta euros. La gente se porta muy bien conmigo y me ofrecen comida casi en todos los sitios por los que he pasado.
Y debe ser cierto, pienso, porque yo mismo le he ofrecido techo y comida en cuanto apareció pedaleando por la concurridísima carretera de Narayanganj.
Por la noche, charlando con mi mujer en la semioscuridad del dormitorio, comentamos que Álvaro es un mendigo, que vive de lo que le dan los demás, y tengo sentimientos contradictorios. Por una parte pienso que no es justo que yo tenga una vida que no quiero tener porque decido entrar en el esquema de trabajar para ganar dinero para pagar lo que necesito para vivir, mientras que Álvaro se la pasa recorriendo el mundo en bicicleta y viviendo en gran parte de los demás. Pero por otra parte pienso que cada uno de los dos tenemos lo que nos hemos buscado, o al menos los caminos que hemos decidido recorrer.
Y como resultado de llevar ya unos años viviendo en Bangladesh, que es un país musulmán, siento de forma irracional que Dios provee, alhamdulillah. En realidad no pienso que sea el Dios canónico el que provee, porque no creo en esa figura, pero sí tengo instalado un sentimiento de permanente sorpresa ante cómo, habitualmente, los acontecimientos apuntan en una dirección y da igual lo que haga para evitarlo que al final acabamos yendo justo por ahí.
– Oye ¿podrías pasarme de alguna manera música para mi mp3? –me pregunta Álvaro mientras conversamos sentados junto a mi ordenador gigante de entonces.
Es 2010 y es Dhaka. Mi ancho de banda en casa era fino como un capilar y sin embargo era el mayor que se podía conseguir en Bangladesh en aquel momento. Dos megas dedicados.
– ¿Qué te gustaría tener? –le pregunto abriendo eMule.
– Aly Bain & Phil Cunningham, The Pearl.
Busco y encuentro.
– ¿Cuándo te marchas? –le digo para calcular si me da tiempo a descargárselo.
– Mañana quiero bajar hacia la frontera con India. Oye, por cierto, ¿sabes cómo cruzar por allí?
Le explico cómo cruzar el río Padma en el ferry, le busco mapas y se los imprimo, mientras tanto he puesto a descargar la música y quedamos que de alguna manera se la haré llegar por correo electrónico. Todavía no teníamos Dropbox, ni carpetas compartidas en la nube.
Por la ventana de la habitación en la quinta planta se oían los ruidos incesantes de la vida de Dhaka, los timbres de los rickshaws, las voces de los vendedores ambulantes de pollos vivos (¡murgiiiiir!) y de té caliente en termos y el graznido de los cuervos vigilando cada oportunidad de pillar algo de comida.
Cada uno tenemos el camino que hemos decidido recorrer, pensaba yo. Álvaro me hace soñar cuando me cuenta las cosas que le han pasado en África, y sin embargo yo no me iría en bicicleta a recorrer el mundo. No sé si yo le hago soñar a él cuando le cuento las cosas que me han pasado en Bangladesh y el resto de Asia desde que vivo allí.
Y mientras nos contamos batallitas, su bici descansa en la entrada de mi casa, cargada de bolsos, bolsillos y accesorios para llevar una vida a cuestas. Es un objeto impresionante, tiene muescas y arañazos por todos lados, las señales de las decenas de miles de kilómetros recorridos. Álvaro y yo no somos objetos tan impresionantes y nuestras muescas y arañazos las llevamos por dentro, pienso mientras sorbo un té caliente de Srimangal.

La culpa del otro

Una vez tuvimos un problema de cojones con un RUHB. Un RUHB es un Robot Unit with Human Brain, lo cual no es totalmente correcto, porque la máquina sigue siendo una máquina y no es que lleve un trozo de encéfalo pegajoso metido entre las tuercas. Lo que sí lleva es un bloque de red neuronal virgen de 1,5 terabytes cúbicos, pero nada orgánico, todo silicio y renio.

Llevábamos años utilizando esos robots con copia cerebral y estábamos muy habituados al proceso. El oficial de turno se ponía un casco de lectura neuronal y traspasaba una copia íntegra de su cerebro al cerebro artificial del robot, de forma que el robot era, virtualmente, el mismo oficial. Las primeras veces que los utilizamos no les cambiábamos la voz, pero después comenzamos a hacerlo porque era muy confuso oír al oficial y al robot hablando exactamente igual. El cerebro del robot tenía implementadas algunas sensaciones falsas, como la de la respiración o el latido del corazón, para que la persona que se instalaba en él no sucumbiera a un ataque de pánico. Piénsalo, es jodidamente angustioso no sentir que estás respirando o que te late el corazón. No es que el robot necesite respirar, solo es una máquina, pero el cerebro que se le copia dentro necesita sentir que tiene un cuerpo vivo debajo para no volverse loco.

Pues nos llamaron de una mina en Sudáfrica, que se les había derrumbado una galería a mil y pico de metros de profundidad y no había forma humana de sacar a los trabajadores utilizando la maquinaria convencional porque corrían el riesgo de aplastarlos a todos. Un RUHB es la solución ideal para esos casos. No todas las empresas pueden pagarlo, pero así es la vida.

Tardamos menos de una hora en llegar. Bajamos del avión, hicimos un reconocimiento de los accesos a la mina y trazamos un plan para el rescate. Nada del otro mundo, el RUHB llevaba la copia cerebral del oficial Ellis Thumbtorp, un buen profesional, casi diez años trabajando en esto.

El RUHB Ellis bajó en el montacargas de las máquinas hasta el nivel donde se había derrumbado la galería. Recorrió rápidamente un pasillo ancho de roca gris iluminado durante las primeras decenas de metros pero completamente oscuro después. De su espalda saltaron cinco pequeños drones, del tamaño de una nuez cada uno, que además de proporcionarle distintos puntos de vista, iluminaron el pasillo hasta que llegaron a un montón de escombros que bloqueaba el paso.

Sin detenerse en su carrera, el RUHB subió el montón de escombros que llegaba hasta el techo y desde la parte más alta comenzó a abrir un hueco lo suficientemente grande como para traspasar el enorme obstáculo. Movía con facilidad rocas de cientos de kilos, como si fueran de corcho. Mientras iba despejando la cúspide de escombros, unos trabajadores fueron llegando hasta su posición con puntales auto-ajustables, de manera que Ellis solo tenía que girarse un poco y los trabajadores le pasaban un puntal que manejaba con soltura y que encajaba entre las paredes o entre el suelo y el techo del agujero que iba abriendo poco a poco apartando rocas.

Salió todo muy bien. Los trabajadores que murieron lo hicieron debido al derrumbe y no durante el rescate. El problema vino después, cuando Ellis salió de la mina.

Los militares no somos mucho de mostrar euforia en el lugar al que hemos ido a trabajar. Ni siquiera aunque seamos exmilitares. Hay actitudes que perduran toda la vida. Así que cuando el RUHB Ellis salió de aquel agujero, simplemente nos dirigimos al trote hacia él para cumplir con el protocolo de cierre, hablar un momento con él, observar posibles daños en su enorme cuerpo metálico y finalmente borrar su memoria para dejarla lista para la siguiente misión.

Cuando estábamos apenas a diez metros del RUHB, abrió los brazos de par en par, arqueó la espalda hacia atrás y, con la cabeza apuntando al cielo, lanzó el bramido más bestial que jamás habíamos escuchado. Joder, nos tiramos al suelo sin ni siquiera saber por qué lo habíamos hecho. Casi nos sangraron los oídos. Nunca imaginé que los altavoces de esa máquina tenían tanta potencia.

A continuación el RUHB Ellis, se giró a derecha e izquierda, como buscando a alguien, y al primer operario que tenía cerca lo agarró con una mano por el hombro y con la otra mano le arrancó la cabeza como si fuera de cartón. Ni tiempo de gritar le dio al pobre diablo. Nos quedamos petrificados durante un segundo y, al segundo siguiente, la soldada Minst, que era la encargada del panel de control del RUHB, sacó la pantalla transparente que llevaba en un lateral del muslo y lo apagó como quien apaga la luz del salón. Pero no funcionó. Al RUHB le había dado tiempo de clavarse los dedos en el cuello y arrancarse la antena de comunicaciones.

Tendrías que haber visto la cara del oficial Ellis Thumbtorp. Al fin y al cabo el RUHB ¡era él!

Nos costó toda la noche abatir a aquella bestia. Salió corriendo hacia la ciudad y destrozó todo lo que pudo. Estaba como borracho de poder, daba la sensación de que disfrutaba haciendo uso de la fuerza descomunal que tenía. Tuvimos que lanzarle un pequeño misil que llevábamos en el armamento de la misión y que no habíamos utilizado jamás porque nunca nos vimos en una situación así.

Lo difícil del asunto es que encerraron al oficial Ellis Thumbtorp como responsable del incidente. Aquello levantó mucha polémica porque el robot no era él, aunque llevara una copia de su cerebro, y sus defensores alegaron fallos en la programación del RUHB. Pero no consiguieron librarle porque le hicieron unas pruebas mentales y descubrieron que tenía doble personalidad.

Su vida

Esteban Rodríguez era un anciano tranquilo, de pelo blanco con algo de cresta, como si la moda punki de hace cuarenta años se hubiera quedado congelada en su cabello. Caminaba despacio por un sendero del Parque Norte. Las hojas de los árboles se movían de vez en cuando sopladas por una brisa cálida. Llevaba bambas blancas y sus cortos pasos dejaban en el camino el dibujo zigzagueante de las suelas.

De improviso, las huellas comenzaron a ser un poco más profundas, nada preocupante, apenas un centímetro donde antes eran de solo un milímetro, sin embargo, al avanzar un paso más y apoyar el pie derecho sobre la tierra, la bamba se hundió entera como si hubiera pisado algodón y al perder el equilibrio y echar todo el peso sobre el paso en falso, el suelo cedió por completo abriéndose un boquete de apenas medio metro de largo, por donde Esteban cayó de malas maneras.

Gritó algo y maldijo algo mientras se colaba rápidamente por el agujero golpeándose las piernas, las costillas, los brazos y la cara. En ese primer segundo ya se había roto algún hueso. Rodó muy deprisa por una pendiente de tierra y rocas mientras la poca luz que entraba por el agujero desaparecía en lo alto convertida en un punto que el polvo ocultaba.

Durante la caída algo le golpeó violentamente el pie izquierdo produciéndole un dolor inmenso que le hizo gritar con todas sus fuerzas.

En poco menos de un minuto la pendiente llegó a su fin y chocó con algo muy duro, probablemente una roca muy grande.

«Ay, Dios mío», estuvo a punto de susurrar dolorido, pero no pudo hacerlo porque un puñado de tierra le cayó en la cara tapándole por completo la boca, la nariz y los ojos.

Tosió, escupió, gritó y se sacó la tierra de encima dándose manotazos como pudo. La oscuridad era absoluta. Aparte de su respiración, solo oía el leve e intermitente crujir de los granos de tierra al rodar a su alrededor.

El pie izquierdo le dolía terriblemente. Tumbado de costado, como estaba, acerco la pierna al pecho para poder tocarse la extremidad dañada. El problema, el macabro problema, es que el pie izquierdo ya no estaba allí. Sus manos tocaron, al final del pantalón, un muñón empapado en el líquido caliente que sin duda era su sangre.

Gritó y gritó y gritó, más por terror que por dolor. Tenía tantos golpes repartidos por el cuerpo que le era imposible concentrarse solo en el dolor del pie, lo cual, de alguna triste manera, era un alivio.

El sonido de sus gritos le hizo suponer que se encontraba en un espacio de un par de metros, como el fondo de un pozo.

Sobreponiéndose al miedo y al dolor se sacó el cinturón del pantalón y, doblando la pernera izquierda hacia arriba, lo amarró todo lo fuerte que pudo alrededor del muñón para evitar desangrarse.

Extendió las manos hacia arriba, palpando la tierra hasta entender cuál era la rampa por la que había caído. Entonces, hincó el codo derecho en el suelo y, con mucho esfuerzo, giró y se incorporó hasta quedarse de rodillas y con las manos apoyadas en el suelo.

Alargó la mano derecha, en la más completa oscuridad, la clavó en la tierra y a continuación adelantó la rodilla derecha unos centímetros.

¿Cómo era posible que le hubiera pasado aquello? Hacía solo unos minutos era un anciano saludable de setenta y dos años y ahora estaba bajo tierra, con un pie amputado y desangrándose lentamente. Probablemente moriría allí antes de que su familia lo echara de menos, lo encontraran y consiguieran sacarlo.

Esteban Rodríguez sabía que la muerte le llegaría algún día, pero fantaseaba con la idea de llegar a los noventa. Quince o veinte años más de vida dan para mucho. A su edad ya había visto morir a mucha gente y se imaginaba que un día le tocaría a él pasar por el mismo proceso: empezar a visitar urgencias con cierta frecuencia, entradas y salidas del hospital, hasta que una de las entradas fuera la última. Alguna infección que los antibióticos no curarían o un fallo de varios órganos importantes. Sus familiares dándole ánimos pero todos entendiendo que el momento había llegado. Y finalmente él mismo abandonándose a los efectos de la morfina y entrando en la inconsciencia. Le daba vértigo imaginarse muriendo, ¿dejarse ir para no volver? Raro, muy raro.

En el Parque Norte iba cayendo la tarde y las sombras alargadas de los árboles se confundían con el agujero que involuntariamente había abierto Esteban en el suelo.

No tenía móvil, ni mechero, nada que pudiera darle un poco de luz, le dolía todo el cuerpo, especialmente el pecho y la pierna izquierda. Poco a poco iba ascendiendo a oscuras por lo que suponía que era la vía de salida. Una mano adelante, la tierra y las piedras entre los dedos, una rodilla adelante, la otra mano adelante, la otra rodilla. Resoplaba de cansancio y de dolor.

Los pantalones, al estar sin cinturón, se le habían ido bajando y arrastraban con ellos los calzoncillos, lo que dificultaba el movimiento de las piernas. Además, cuando resbalaba, restregaba los genitales por el suelo y el dolor era insoportable.

Un montón de tierra y piedras se desprendió de algún sitio y le cayó encima llenándole la boca, la nariz y los ojos. A los dolores que sufría se había unido el del ojo derecho, que tras la avalancha notaba fofo y lleno de tierra y sangre.

Morir, vivir, una mano, otra mano, una rodilla, otra rodilla. Micro avances para seguir vivo.

Muchas horas después la mano sanguinolenta de Esteban Rodríguez asomó temblorosa por el agujero de la superficie y, cuando se tumbó boca arriba y miró el cielo estrellado con el ojo que le quedaba, pensó que el día que le llegara la muerte le encontraría prácticamente hecho un pirata, con un parche en el ojo y una pata de palo.

Navidad canónica

En Menglingo no hay abetos, pero hay árboles parecidos que servirán igual. He arrancado uno, con algo de esfuerzo porque no estoy acostumbrado a hacerlo, y ahora lo llevo al hombro de vuelta a casa.

Por el camino la gente me mira de reojo, al final me he cansado de la carga y he parado un palanquín para que me ayude.

Bolas, adornos, no tengo exactamente, pero entiendo lo que son y los he fabricado yo mismo utilizando cáscaras duras de frutos que tienen forma más o menos esférica. He cortado en madera el adorno de arriba.

Mi habitación parece ahora un taller, hay herramientas por el suelo, tierra que se ha derramado al llenar el macetón donde he plantado el árbol, restos de los frutos que he roto para los adornos y trozos de ramas que han caído durante la operación.

Me dirijo a la mesa que está junto a la ventana para continuar leyendo sobre la Navidad y unos grandes cuervos negros que estaban mirando hacia adentro graznan ruidosamente y hacen un corto vuelo de retirada por si acaso me da por atacarles.

Leo el texto que tengo sobre la mesa: «En Navidad hay que hacer al menos una buena acción por los demás al día».

Me asomo al balcón y miro la multitud de gente que camina o se ocupa de sus asuntos buscando alguien a quien ayudar. Junto a la esquina de mi casa hay un palanquín con una rueda atascada en un agujero. El palanquero está intentando liberarla pero no tiene suficiente fuerza. Bajo corriendo antes de que se me escape mi buena acción del día y llego jadeante junto al pequeño incidente. Sin mediar palabra aplico mi fuerza junto a la del palanquero y, entre los dos, conseguimos liberar la rueda.

Vuelvo a mi habitación y sigo leyendo el texto sobre la Navidad. Es emocionante pensar que una vez hubo seres parecidos a nosotros que tenían ritos tan curiosos y sobre todo es muy interesante pensar que quizá esos seres que celebraban la Navidad vivían en el mítico planeta Tierra, de donde se supone que provenimos nosotros, los habitantes del planeta Menglingo.

Por último tengo que hacerme un propósito para el nuevo año y aunque en Menglingo no sea exactamente igual, mi decisión está tomada: dedicaré mis estudios a averiguar si el planeta Tierra existió alguna vez y si realmente los glings provenimos de él.

Las hormigas

Estoy en guerra contra las hormigas. En casa hay millones, las imagino recorriendo inagotables todos los túneles que unen los enchufes y los interruptores por el interior de las paredes. Hasta ahora las había aplastado con el dedo… en realidad, primero empecé usando una bayeta húmeda para borrar el camino químico que ellas trazan, para que no volvieran a pasar por ahí. Y funcionaba, no volvían a pasar por ahí, simplemente pasaban por otro sitio, por ejemplo a veinte centímetros del primero. De esto hace ya muchos meses. Después fumigué con insecticida un par de enchufes y durante un tiempo desaparecieron, pero fue una tregua de unos pocos días, me las volví a encontrar rastreando entre las bolsas de pasta y los paquetes de harina de la alacena. La alacena está suficientemente alta como para no abarcar todas sus estanterías con la vista, así que necesité una escalera de aluminio de tres peldaños para subir y poder vaciarla por completo. Entonces fue cuando me di cuenta por dónde entraban las hormigas, por un cuadrado recortado en la trasera del mueble, para hacer hueco a un enchufe que nunca usamos. Hasta ese momento no me habían tenido miedo, se creían muy listas, incluso más listas que yo, pero cuando cogí el rollo de precinto transparente y comencé a tapar el agujero del panel empezaron a ponerse tremendamente nerviosas, corrían en todas direcciones, intercambiaban mensajes químicos boca a boca a toda velocidad, las más locas acababan pegadas al precinto transparente. Yo las miraba pero no me daban pena. Quizá sentía una especie de empatía lejana, imaginándome a mí como un bicho pequeño y jugando con mi existencia algún dios caprichoso.
Después vino la estrategia del círculo, que consistía en trazarlo con insecticida alrededor de la bombilla de la cocina, pero duraba sólo unas horas, hasta que se evaporaba de la pared. Durante ese rato las hormigas enemigas se comían las migas… no, durante ese rato las hormigas enemigas salían de detrás del aplique de la lámpara y correteaban siguiendo uno de los miles de caminos trazados por sus compañeras las exploradoras, hacia la comida, pared abajo. Hasta que llegaban a la frontera tóxica que yo había dibujado con insecticida, entonces se detenían, dudaban un poco hacia la izquierda y otro poco hacia la derecha, se rascaban las antenas y la cabeza entera como si no entendieran nada, y se volvían por donde habían venido en busca de otro camino que las guiara hacia la comida, siempre y obsesivamente hacia la comida. Bueno, esto no es del todo cierto, también buscan agua. Sobre un mueble de la cocina hay una botella de veinticinco litros, tumbada sobre un soporte de forma que sea cómodo usarla sin tener que moverla. En la boca tiene un grifo enroscado que cambio de botella cada vez que se termina una y llega otra nueva. De la pared pasaron al mueble, del mueble al soporte, del soporte a la botella, y finalmente llegaron al grifo, un paraíso acuático a su alcance. De esto me di cuenta el primer día que me bebí unas cuantas sin querer.
Ayer, después de observarlas tanto rato como si hubiera sido un documental de la televisión, decidí probar a poner precinto alrededor del aplique de la lámpara de la cocina. No estaba muy convencido, porque pensé que si se encontraban cerrado el camino de la pared, se subirían por encima de la lámpara y acabarían saltándose el precinto por la cara de fuera. Pero no sucedió así. El aplique es cuadrado, y aunque parece que está pegado a la pared, hay un espacio de unos dos milímetros por el que se cuelan mis enemigas. Uno tras otro corté cuatro trozos de precinto transparente y los pegué alrededor del aplique, media superficie del precinto en la pared y la otra media en el metal, así por los cuatro lados. En las esquinas había pensado hacer un recorte muy profesional para que el precinto quedase perfectamente cuadrado, pero el cutter que tengo doesn’t cut, así que hice como se hace con el papel de regalo al envolver figuras irregulares, arrugar las esquinas. A los pocos minutos empezaron a salir hormigas de detrás de la lámpara, se encontraban con la cara pegajosa del precinto y comenzaban a buscar alternativas por todo el perímetro. Mientras tanto, iban llegando a la nueva muralla, creada por Yo Todopoderoso, otras compañeras provenientes del mundo exterior al precinto, el mundo donde está la comida y el agua. Ninguna de ellas llegó a pisar el plástico transparente pegado a la pared. Me imagino que no sólo por el olor químico, sino también por la enorme electricidad estática que tiene ese material. Yo las miraba analíticamente, intentando comprender sus intenciones y sus percepciones. Para saber si funcionaba el nuevo obstáculo tenía que eliminar a las que ya estaban fuera de él. Lo hice con el pulgar.
Media hora más tarde volví y, ¡sorpresa!, ¡habían encontrado un agujero!. En una de las esquinas se había roto un poco el precinto al arrugarlo, y por ahí salían y entraban a cientos, más que nunca antes había visto en fila, de hecho habían encontrado lo que pensé que nunca llegarían a encontrar, el cubo de la basura. Inmediatamente cogí el bote de insecticida y fumigué el camino desde el cubo hasta la lámpara. Cayeron todas en menos de un minuto, sembrando el suelo de pequeñas bolitas, cadáveres de hormiga. Puse un trozo de precinto extra sobre el roto y decidí comprobar todo una hora más tarde.
Hoy, veinticuatro horas después, todavía no han conseguido superar ese obstáculo. He visto a algunas exploradoras desperdigadas por algunos puntos de la pared, pero ni remotamente parecido a las multitudinarias filas que, desde hacía un mes, llegaban a todos los puntos alimenticios de mi cocina.

No es que las eche de menos, pero no dejo de pensar con qué estrategia van a contraatacar.