Hechos

Llamo a mi tía por teléfono para que pueda felicitar a mi padre, que yace en una cama del hospital muriendo poco a poco de inanición. Le pongo el teléfono en la oreja, a mi padre, y oigo la voz de ella, que me llega casi imperceptible desde el auricular, dándole ánimos y diciéndole que coma, que es imprescindible que coma para que pueda salir del hospital. Mi padre asiente y ella no le ve porque es una llamada normal, sin vídeo. Le responde con monosílabos, con un hilo de voz, e imagino a mi tía con las lágrimas saltadas porque su hermano tiene voz de moribundo. Yo he conocido a mi padre con voz de vivo, claro, tengo más de cincuenta años, pero es que mi tía, que es su hermana mayor, le ha conocido ¡con voz de niño! Ese niño, setenta y pico años después, se muere en una cama de hospital porque ya no es capaz de seguir comiendo, porque ya no es capaz de seguir vivo.

Después de colgar me quedo sentado en uno de los bancos del pasillo desierto y una enfermera con una diadema con cuernos de reno pasa por delante y, con una sonrisa preciosa, me desea feliz Navidad.

El peor verano de mi vida

Matías está en un pequeño pueblo de la provincia de León. Ha colgado una hamaca entre dos postes del establo, o de lo que alguna vez lo fue. Tiene el coche ahí aparcado a la sombra y su hamaca se mece de vez en cuando con una brisa que aparece a ratos y le refresca el torso desnudo. Está leyendo un libro y, mientras tanto, va comiendo pipas y echando las cáscaras sobre un bol que tiene apoyado en la barriga.

Al otro lado del patio está su hija, sentada con las piernas cruzadas en un sillón columpio tapizado con dibujos de hojas verdes. También está leyendo un libro que tiene apoyado en las piernas. Su nombre es Mila.

Matías la observa y se acuerda de aquel verano, tan distinto a éste, cuando su mujer y él se quedaron sin trabajo en aquel pueblo de Andalucía y no les quedó más remedio que pasar el verano allí. Fue diez años atrás, la niña tenía ocho años entonces.

Tenían tan poco dinero que sólo les alcanzaba para la comida. No podían encender el aire acondicionado para no gastar luz. Matías gobernaba la casa como si fuera un barco navegando en medio del infierno. El sol salía por la parte de atrás y Matías esperaba con las persianas subidas hasta que el sol comenzaba a entrar por las ventanas. Entonces arriaba las persianas sin cerrarlas del todo, con todas las rendijas iluminadas, y mantenía las ventanas abiertas, de manera que no entrara mucha luz pero que corriese el aire que cruzaba la casa hasta el balcón de la parte delantera, que mantenía abierto hasta que la mañana iba avanzando y la temperatura del aire le indicaba que debía arriar la persiana del balcón unos palmos.

Al llegar las peores horas, entre las tres y las seis de la tarde, cerraba las hojas de las ventanas para mantener dentro de la casa el aire que había podido ir domesticando durante la mañana.

Matías es ingeniero y consiguió que un amigo le pasara algo de trabajo para hacer planos en casa. Fue un favor, no había nada más, la situación era mala de veras.

Colocaba su portátil en la mesita de noche y dos almohadones en un banquito que tenían en la habitación para sentarse a calzarse los zapatos y, colocado de cara al balcón, improvisaba así su misérrimo despacho de ingeniería para hacer los planos que le habían encargado.

Ese verano la temperatura subió hasta los cincuenta y cuatro grados al sol. A la sombra sólo alcanzó los cuarenta y siete.

Cuando dormían la siesta, él veía a su hija pequeña en el sofá con la frente perlada de sudor y rogaba interiormente para que no lo estuviera pasando tan mal como lo estaban pasando su mujer y él.

—Papá —dijo de pronto su hija levantando la vista del libro.

—Dime hija —respondió Matías saliendo de sus pensamientos.

—¿Sabes de qué me estoy acordando? —preguntó sonriente desde el otro lado del patio. En el silencio de la tarde de verano sólo se oían las chicharras fuera de la casa.

—¿De qué, hija? —preguntó Matías.

—De aquel verano que pasamos en Andalucía, ¿te acuerdas? —preguntó Mila sonriente con la vista clavada en su padre.

Matías se quedó de piedra.

—Sí, claro que me acuerdo, —respondió con voz neutra Matías— hizo muchísimo calor.

—Fue el mejor verano de mi vida, papá —dijo ella riendo.

—¿De verdad? —Matías no salía de su asombro— ¿Por qué?

—Pues porque fue muy divertido —respondió Mila—. Además tú estabas en casa todos los días y podía subir a verte mientras trabajabas en tu despacho de la habitación. Me acuerdo que mamá y tú montasteis una piscina hinchable en el patio y nos bañábamos los tres y jugábamos a ver quién aguantaba más la respiración y a buscar juguetes escondidos, je, je, je.

¡Lo había olvidado!, —pensó Matías— es verdad que montamos aquella piscina de colores que unos amigos nos dieron porque ya no la utilizaban.

—Y por las tardes salía a jugar a la calle que teníamos en frente de la casa, ¿te acuerdas? —preguntó Mila, riendo—. Había muchos niños de mi edad y las tardes eran larguísimas, no anochecía hasta las diez y media, ¿te acuerdas? —Y seguía sonriendo.

—Claro que me acuerdo hija, perfectamente —respondió Matías, sin revelarle que por motivos completamente diferentes.

—Yo creo que me hubiera quedado a vivir allí, ¿y te acuerdas de cuando salíamos de paseo a explorar el pueblo?…

Mila recordaba todo esto mirando un poco arriba a la izquierda, sin dejar de sonreír, mientras su padre, que la observaba en silencio, se tragaba el nudo en la garganta.

Vylena Vasnik intentando escribir

Vylena Vasnik está sentada delante de su portátil intentando escribir algo. Trabaja de auxiliar de vuelo para la compañía Czech Airlines, pero ella, en realidad, es escritora. Nunca ha publicado nada, pero ella es escritora. Se le ocurrió escribirle un email a Daniela Hodrová, en el asunto puso “escritora en apuros” y lo envió como quien lanza un mensaje en una botella, sin esperar nada más que ver cómo se aleja flotando hacia el horizonte. Pero, sorprendentemente, Daniela Hodrová, la famosa escritora checa, le respondió al cabo de unas horas:

Mi querida Vylena, la respuesta es simple, aunque quizá no sea agradable de oír. Siempre digo que, si revisas la historia de la literatura,  la mayor parte de las novelas se han escrito a las seis de la mañana y en la mesa de la cocina; a las seis, porque a las ocho el escritor o escritora tenía que irse a trabajar; y en la mesa de la cocina porque era la única superficie de la que disponía en su modesta casa. Lo que te quiero decir es que lo que hace a un escritor es su necesidad de escribir. Y eso no te hace un buen escritor, que conste, simplemente te hace escritor. Es decir, escribes porque no tienes más remedio que hacerlo para soportar la vida; y, por consiguiente, siempre consigues escribir, aunque trabajes un montón de horas al día en otra cosa. Si hasta ahora no has escrito, querida mía, o has escrito muy poco, sólo puede deberse a dos causas; o bien verdaderamente NO necesitas escribir para vivir, o bien estás tan llena de inseguridades y de autoexigencias de calidad que te ocultas y justificas en razones externas. Toda tu carta es una larga justificación para no escribir, pero es mentira: podrías haber escrito muchísimo pese a todo. Así que, si de verdad quieres escribir, simplemente hazlo. Hazlo como todos lo hacemos y lo hemos hecho; hazlo durmiendo menos, y saliendo menos con los amigos, y no yendo al cine, y dedicando todas las vacaciones y cada día libre a escribir. Y sé modesta, porque a escribir se aprende escribiendo, o sea que seguro que lo primero será una mierda; pero sé también ambiciosa, y convéncete de que, con trabajo, llegarás a escribir la mejor novela de la historia. Y si no estás dispuesta a ese trabajo enorme y tenaz, pues mejor te olvidas de lo de escribir para siempre y resuelves esa inquietud perenne. Un beso, guapa, y suerte.

Vylena Vasnik se sintió morir. ¡Ella quería dedicarse a escribir y solo a escribir!, pero una de las mejores escritoras de su país le estaba diciendo que probablemente no era una escritora de verdad.

La página en blanco seguía en la pantalla de su ordenador, pulsó dos teclas y cambió al navegador donde tenía abierto Youtube con vídeos que analizaban accidentes aéreos y siguió viéndolos mientras su tiempo se consumía. Tenía cuarenta años, puede que le quedasen treinta y tantos años de vida, unas doscientas treinta mil horas despierta, parecían muchas horas, pero la hora siguiente la empleó viendo Youtube y no escribiendo. Se acostó envuelta en la tristeza que le había provocado la respuesta de Daniela Hodrová.

A la mañana siguiente, muy temprano, salió por la puerta de su casa con el uniforme de Czech Airlines, lo que siempre conseguía que la admirasen discretamente por la calle. El minibús de los empleados la llevó al aeropuerto y, al cabo de un par de horas, se encontraba a bordo dando instrucciones de emergencia a los adormilados pasajeros.

Al recorrer el pasillo revisando los cinturones se quedó de piedra al reconocer, sentada en la primera fila, a Daniela Hodrová.

— ¡Hola, Daniela! —se atrevió a exclamar.

— ¡Hola!, ¿nos conocemos? —respondió la anciana escritora con amabilidad.

— Verá, le escribí un email justamente ayer.

— Caramba, vaya coincidencia, ¿o es que no es una coincidencia?

— Lo es, una coincidencia enorme.

Vylena terminó sus tareas previas al despegue y se sentó en el asiento reservado a las azafatas, justo enfrente de la escritora. Las dos guardaron un respetuoso silencio. El avión despegó y al cabo de unos minutos entró en una tormenta, lo que les impidió iniciar una conversación. Vylena dio instrucciones por megafonía a los pasajeros y, cuando todo parecía la rutina de atravesar una tormenta, un brillante fogonazo iluminó el lateral del avión. Un motor estaba ardiendo. Antes de que Vylena pudiera transmitir instrucciones de calma, una explosión dividió el avión en varias partes.

Caían. Ya no había tanto ruido, solo el viento soplando fuerte contra el trozo de fuselaje que les había tocado compartir. Daniela y Vylena se miraban entre el estupor y el terror, amarradas a sus asientos y sin entender aún por qué seguían vivas y por qué iban a morir al cabo de unos minutos.

Daniela Hodrová, la famosa escritora checa, alargó la mano para agarrar la de Vylena Vasnik, una desconocida escritora checa, y le dijo:

— Esta historia no te va a quedar más remedio que escribirla.

Murieron ciento veintinueve personas. Solo hubo una superviviente, la auxiliar de vuelo y desconocida escritora Vylena Vasnik.

Vylena permaneció veintisiete días en coma y tardó un año en recuperarse de sus heridas, pero desde el primer día que recobró la conciencia, comenzó a escribir.

El libro resultante de aquel accidente vendió más de cien mil copias y se tradujo a quince idiomas. Era una mierda, como bien había vaticinado Daniela Hodrová, pero fue el que le permitió a Vylena entender su vida basada solo en la literatura.

El terrorista

David Chunt es terrorista. Decidió serlo hace unos años, cuando, cumplidos los cincuenta, se quedó en el paro y en su país fue incapaz de encontrar otro trabajo tras más de un año de intensa búsqueda; cuando el subsidio por desempleo era tan ridículo que apenas le daba para comer unos pocos días; cuando la televisión y la radio seguían emitiendo como si tal cosa, como si no fuera todo una gran mierda de millones de personas viviendo en la infelicidad.

David Chunt sabía de explosivos y sabía de cavar túneles, así que trazó un plan y lo ejecutó con precisión. Durante semanas, cavó un túnel que iba desde un parque cercano hasta los cimientos del edificio del Parlamento. La entrada del túnel estaba camuflada por árboles y vegetación baja. Si no hubiera sido un proyecto macabro, podría haber sido muy interesante adentrarse, escaleras abajo, y caminar bajo tierra, en la más absoluta oscuridad, iluminado solo por una linterna, en una línea recta perfecta y levemente descendente durante cientos de metros. El túnel olía a tierra húmeda y a raíces cortadas.

David se basó en dos ideas fundamentales para conseguirlo, primero no utilizar más luz que la de una linterna instalada en su casco y segundo, una máquina perforadora eléctrica, muy cara, que robó de un proveedor de maquinaria bien conocido por él y que tenía la facultad de no dejar restos a su paso. La máquina utilizaba unas prensas hidráulicas instaladas alrededor de las cabezas perforadoras para compactar la tierra y la roca molida a medida que avanzaba. De esta forma, el túnel se mantenía sin puntales. Era un túnel estrecho, de menos de un metro de ancho y unos dos metros de alto.

Una vez que alcanzó la zona situada bajo los cimientos del parlamento, comenzó a cavar un laberinto de túneles para cubrir toda la extensión del subsuelo del edificio y marcó cada esquina con spray para encontrar el camino de vuelta una vez hubiera activado el detonador. Cuando todos los túneles estuvieron terminados llegó el día de la ejecución. Eligió un día en el que la mayoría de los parlamentarios, incluida la presidenta del país, estaban en el edificio. Colocó las cargas explosivas en cincuenta puntos estratégicos para que el Parlamento saltara por los aires. A la una del mediodía, mientras en el hemiciclo abarrotado los políticos discutían sobre estupideces, David Chunt activó el detonador. Tenía dos minutos para salir del laberinto y recorrer el largo túnel de vuelta al parque.

Nada más girar la primera esquina marcada con spray, la linterna fijada a su casco, parpadeó y dejó de funcionar para siempre.

Fernando el sordo

Bueno, yo tuve un profesor al que estuve unido durante treinta años. Fue mi profesor de filosofía cuando yo tenía dieciséis años.

No sé si lo hacía premeditadamente, pero siempre encontraba motivos para alabar a todos con los que entablaba relación. Lo hacía concentradamente, prestando mucha atención, ajustándose el sonotone de vez en cuando. Al hablar tenía una dicción dificultosa y se mezclaba su acento cordobés de vocales abiertas con la ronquera de Vito Corleone.

Cuando oía a alguien decir algo inteligente, Fernando sonreía levemente y asentía imperceptiblemente mientras se agarraba la barbilla con una mano.

Supongo que yo, en particular, soy muy receptivo a los halagos, probablemente desde que mi padre me regaló una bolsa de chucherías la primera vez que saqué un diez en un examen, cuando tenía seis años, de modo que cuando Fernando dijo en clase de filosofía de tercero de BUP, delante de todos, que le gustaba oírme, algún engranaje interior desató la corriente de dopamina necesaria para que se produjera un importante cambio en mí: me di cuenta de que era un ser consciente.

No he investigado sobre esto, así que no sé cuándo es normal que un humano sea consciente de sí mismo. A mí me ocurrió con diecisiete años y, tiempo después, pensé que me había ocurrido demasiado tarde. En realidad yo siempre sostuve que, desde que me caí a un pozo a los nueve años, ya era consciente de mí mismo, pero fue a los diecisiete cuando me di cuenta de que no había sido así. A veces, en conversaciones en las que parece que sé de lo que estoy hablando, digo que hay gente que tarda décadas en ser consciente de sí misma y otra gente que se muere sin llegar a serlo, pero lo cierto es que no sé si esto es así.

Acabó el bachillerato y comenzó la universidad y, por supuesto, perdí el contacto con todo lo que significó el bachillerato: alumnos, profesores, las rutinas de cuatro años, exactamente igual que pasó con la EGB cuando entré en el instituto. Solo conservé un contacto, el de Fernando el sordo. Durante esos años intercambiamos algunas cartas.

Terminó la facultad y me marché de Andalucía.

Un día, un sábado por la mañana, sentado en el borde de la cama con la bruma del sueño aún encima, miraba el mar por la ventana de la habitación y pensaba en la honestidad. ¿Qué es la honestidad?, ¿qué es ser honesto? Mientras desayunaba pensaba en Fernando, hacía seis o siete años que no lo veía, seguramente ya se habría jubilado, podría hasta haber muerto y no sé si me habría enterado. Tenía y quería verlo ese mismo día. A principios de los años noventa yo ya tenía la actitud del siglo XXI, a pesar de que no había ni móviles, ni internet, ni Google.

Una mochila con un bocadillo, una botella de agua, un mapa de carreteras y una moto, con eso contaba. Y con la emoción por adelantado de ver a Fernando al final del día (si lo encontraba).

La única forma de insertar música en un texto es insertarla en la cabeza del lector, porque es la única manera de que suene justo el tiempo que tiene que sonar y al volumen que tiene que sonar para que acompañe a las palabras. Cuando me subí a la moto, sabiendo que tenía buen clima y alrededor de setecientos kilómetros por delante, en mi cabeza sonaba el Everybody’s talkin’ de Harry Nilsson.

Atravesé España de norte a sur.

Por la tarde llamé a la puerta de la única dirección que tenía de Fernando.

Abrió su mujer y, tras unos segundos de sorpresa, comenzó a llamar a Fernando a voces mientras me hacía pasar al interior.

Cuando Fernando me vio, hizo lo que solía hacer ante situaciones muy emocionantes: se metió las manos en los bolsillos, miró al suelo y dijo algo en latín. Lo abracé con alegría, mucho, lo besuqueé por todos lados mientras él gritaba, riendo con su voz ronca, a un dios imaginario: ¡ayyyyyy!, ¡maricóooon!

Fernando, ¿qué es la honestidad?, le pregunté sin soltar ni la mochila ni el casco de la moto.

Y en vez de responderme a mí, miraba a su mujer y le decía, para confirmarlo como algo real: este tío se ha cruzado España en moto para preguntarme qué es la honestidad. Entonces callaba, se llevaba la mano a la barbilla y comenzaba a citar autores que sacaba de su memoria enciclopédica.

No recuerdo lo que me dijo sobre la honestidad, probablemente algo importante, algo que significó tanto para mí que lo incorporé a mi forma de ser aun habiendo olvidado los detalles de la lección. Probablemente.

Veinte años después, decidí casarme en la aldea donde por entonces vivía Fernando y donde también murió diez años más tarde. Durante la ceremonia al aire libre, el cura fue comportándose de mal en peor en un intento de boicotearnos por unas envidias que le habían nacido porque éramos el centro de atención en un lugar donde el centro de atención era siempre él. Inesperadamente, Fernando, que en su juventud también fue cura, se levantó y recondujo la ceremonia haciéndola emocionante y humana. Cuando se puso de pie y todo el mundo guardó silencio y solo se oían las vacas mugiendo y las ovejas balando en la lejanía, comenzó a decir con su voz rasposa:

—Una vez ese hombre cruzó España en moto para preguntarme qué era la honestidad.

Cuento de Navidad

Hace frío en la calle soleada. Es frío de invierno. Es un frío bonito. En Andalucía el cielo se pone de un azul diáfano y liso, sin una nube. Siempre pienso que es lo más parecido al negro absoluto que se ve desde cualquier escotilla de la ISS mientras flota en su tensa trayectoria alrededor de la Tierra. Aquí abajo, Andalucía es la escotilla y la Tierra misma es la nave.

Hay una cola como de trescientas personas frente al cocedero de marisco. Espero y mientras espero, escribo. En la anodina espera, cualquier pequeño acontecimiento nos distrae a todos. Hay unos camioneros preguntando, de grupo en grupo, que quién es el dueño del Chevrolet gris, que no les deja sacar el tráiler del aparcamiento. La encuentran, la conozco, es Esther, la mujer de Juan Carlos, hace meses que no nos vemos, quizá más de un año. Esther camina junto a los camioneros con la cabeza baja, como si fuera una especie de prisionera sin grilletes. Los demás les miramos porque no tenemos nada mejor que hacer.

Mientras Esther desaparca el coche, veo que otro vehículo, varias filas más adelante en la batería de coches aparcados, se marcha. Entonces camino tranquilamente hacia el hueco que ha dejado y, cuando Esther comienza a circular lentamente con la certeza de que tendrá que ir muy lejos para reaparcar su coche, levanto el brazo y le hago señas para que aparque allí. Qué sonrisa tan grande.

Mucho rato después voy a dejar la bandeja de marisco en casa de la que será la anfitriona de la comida. Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, pero esta noche no podemos hacer cena por las restricciones del coronavirus, así que hemos quedado todos para comer y merendar, que una cosa siempre lleva a la otra cuando no hay prisa.

Cuando ya estoy saliendo de la parcela, veo un gato encajado entre las ramas de unos arbustos altos, de unos dos metros, que se podaron hace unas semanas. Es un gato viejo, cabezón, gris atigrado, y tiene la mirada vidriosa, yo diría que está moribundo. Observo con un poco más de atención y veo que sangra por el ano, las gotas impactan de vez en cuando en las hojas secas que hay a los pies de los arbustos. Mirando un poco más, comprendo que el gato está roto, lo han atropellado y le han roto las caderas, es increíble que el animal siga vivo y que haya conseguido subir hasta allí. La anfitriona me pregunta que si me lo puedo llevar y le digo que si tiene algunos guantes de jardinero y una toalla vieja. Me trae lo que le he pedido y me acerco al gato para sacarlo de entre las ramas. Me bufa, se eriza. Le agarro las patas delanteras con una mano y con la otra envuelvo la cabeza con la toalla. Tiro poco a poco, cada vez con algo más de fuerza pero no hay forma de soltarlo. Tiene las uñas de atrás clavadas a las ramas. Cuando intento forzar más, el gato chilla de dolor y lo suelto.

La anfitriona me dice que le da pena. A mí también me da pena, pero solo hay dos opciones, o llamamos a un veterinario y nos gastamos quinientos o mil euros en operarlo y escayolarlo o lo dejamos estar y que la naturaleza siga su curso. Somos pobres, así que lo dejamos estar.

Horas después, cuando ya toda la familia ha comido en el jardín y las risas y las conversaciones cruzadas lo inundan todo, el gato baja del arbusto muy lentamente, como un mimo ejecutando movimientos extravagantes. Nadie se da cuenta, el gato es gris, es viejo, está alejado unos metros del centro de la celebración y además se está muriendo. Cuando las cuatro patas tocan el suelo, veo cómo las caderas bailan sueltas por debajo del pelaje como juguetes en la bolsa de la playa. Por un momento, el gato mira hacia atrás y busca mis ojos, a pesar de la distancia me está mirando a mí y yo a él. Me levanto, cojo una rama larga que hay en el suelo y, con la horquilla de la punta, voy empujando al gato hacia la puerta de la parcela. El gato protesta, por el dolor, porque no quiere salir de ese lugar que de alguna manera le sirve de refugio o por lo que sea, yo no lo sé, pero al final entiende que quiero que se marche. Le empujo un poco más y él solo comienza a andar hacia la salida con mucha dificultad.

La anfitriona se ha acercado a mí cuando ya he cerrado la puerta de hierro de la entrada y me ha dicho de nuevo que le da mucha pena el animal. ¿Y qué quieres que hagamos, pedimos cuarenta euros a cada uno de los que estamos aquí y me voy al veterinario de urgencia? Son las cinco de la tarde y es Nochebuena, es un plan complicado. Ella guarda silencio y baja un poco la mirada con los ojos humedecidos por las lágrimas que retiene.

Volvemos a la larga mesa de celebración con los demás.

Ya es de madrugada y estoy en casa, hace muchas horas de esto. El gato estará vivo (mal) o estará muerto, no lo sé, pero yo no dejo de pensar en que ese gato también soy yo, un ser humano más abandonado a su suerte. Sus patas rotas son mis alas atadas, por intentar no decir cortadas. Quizá sus patas se recuperen y con mis alas yo pueda volar un día y alejarme de esta selva inmisericorde en la que vivo.

El viaje de este verano

— ¿A dónde vamos a ir este verano?

— Podríamos ir a Koh Kradan, a disfrutar de los desayunos de pan frito con miel y del solitario mar azul turquesa. Seguro que seríamos los únicos en toda la isla.

— O podríamos ir a Zahara de los Atunes con la caravana de tu hermana.

— Es que hay que engancharla de remolque y lo divertido es ir todos dentro mientras viajamos.

— Ah.

— ¿Y qué tal Kioto? Podríamos quedarnos en un ryokan de los que tienen una puerta trasera corredera que da a un bosque.

— No es mala opción. También podríamos ir a Canarias, no he estado nunca allí.

— Sí, yo tampoco he estado.

— O podríamos ir a Crémenes otra vez. El año pasado hacía tres grados mientras aquí hacía cuarenta.

— Creo que prefiero Hong Kong. Aunque llueva y haga calor. Quiero estar otra vez esperando el ferry para cruzar de Kowloon a Central en cinco minutos. Desde ese muelle que huele a algas, a sal y a gasoil. Y pasear por Nathan Road y las callecitas paralelas curioseando en las miles de tiendas extrañas. ¿Te acuerdas cuando nos hicieron subir a un segundo piso desde la calle para vendernos cuadros que después eran todos de tigres y montañas chinas? Pero sobre todo quiero volver a la isla de Lantau, para ver al buda y para quedarnos en el Silvermine Hotel.

— Ayúdame a recoger la mesa.

— Vale.

A la luz de las farolas

La luz de las farolas ilumina la acera por la que camina Luis. Un poco cuesta arriba al pasar frente al gimnasio. Luis mira descuidadamente el embaldosado del suelo y la calle vacía a su alrededor. Va un poco piruleta porque ha estado unas horas con sus amigos bebiendo en el aparcamiento frente al cementerio. Un sitio tranquilo.

Al final de la calle, en el cruce, hay un pequeño requiebro para continuar por la calle siguiente. Dos hombres pasan en silencio junto a él y no le prestan atención. Luis continúa su camino y se cruza con jóvenes como él y con hombres mayores que él que tampoco le prestan atención.

Entonces Luis se detiene un momento, se quita las bambas y se pone unos zapatos negros de tacón preciosos que dejan sus pies al descubierto casi por completo. Tan solo una cinta sobre la parte alta de los dedos y una correílla fina a la altura del tobillo, le tapan algo la piel. En la parte trasera de los tacones hay estampadas unas cerezas.

Uno de los dos hombres que pasaron junto a él y que se encuentra ya a cierta distancia, gira la cabeza y lo observa un instante.

Luis continúa andando, ahora con un paso un poco más sonoro y femenino. Al doblar la siguiente esquina a la izquierda, la calle está más iluminada. Luis se mete las manos en los bolsillos, tira hacia delante y el pantalón se abre por los laterales dejando a la vista unas piernas muy bonitas. Durante unos segundos se le ve la ropa interior, pero se mete las manos bajo la sudadera y, tirando hacia abajo, saca una minifalda negra que le llega a la mitad de los muslos.

Vuelve a girar hacia la derecha, por una calle más ancha e iluminada que las anteriores. Una pareja de jóvenes que camina en dirección contraria por la acera de enfrente le sisea para que les mire. Lo hace solo durante un segundo y medio.

Sin dejar de caminar, baja la cremallera de la sudadera y deja que las mangas le caigan brazos abajo aprovechando que la mochila que lleva tira de ellas. Abre la mochila y guarda la ropa que se ha quitado.

Lo que hay bajo la sudadera es un top negro de tirantas muy finas que delinea sus pechos redondos y delicados. La mochila es convertible y, al tirar de los laterales, se esconden los tirantes anchos y queda un bolso de hombro de colores rojizos y blancos y textura lanosa.

Llegado ese momento, hay tres jóvenes que la están siguiendo acortando distancia y cuchicheando entre ellos. Cuando le dan alcance, uno de ellos le agarra con fuerza un cachete del culo y masculla algo soez mientras los otros dos se ríen. Aprovechando que está muy cerca, Luis gira el tronco con mucha fuerza y le clava el codo derecho en la boca a su atacante rompiéndole varios dientes. Un chorro de sangre mana de su cara. Antes de que los otros puedan reaccionar, le pisa los dedos de un pie con el tacón a uno de ellos y siente cómo le crujen al romperse. El que aún está ileso, está tan sorprendido que no reacciona cuando Luis sale corriendo alejándose rápidamente de allí.

Al doblar la última esquina, muy cerca de su casa ya, tropieza con un hombre corpulento que, en un gesto rápido e inesperado, la agarra por la muñeca y tira de ella. Utilizando la fuerza del movimiento que le acerca a él, le conecta un directo a la mandíbula con tanto acierto que el corpachón se convierte en un muñeco de trapo y cae al suelo inconsciente.

Un minuto después, Luis cruza la puerta de su casa, donde todos duermen, se mete en el cuarto de baño y mientras está sentada en la taza del váter haciendo un pis, le envía un whastapp a sus amigos dando las buenas noches y diciendo que ha llegado a casa sano y salva.

Un viaje corto

Cuando subo al coche siempre hago viajes interplanetarios. A veces, intergalácticos.

Marshall McLuhan, en Comprender los medios de comunicación, contó con acierto cómo cualquier objeto que utilicemos, por pequeño o grande que sea, se convierte en parte orgánica e indivisible del cuerpo. Si utilizamos un martillo, nuestro brazo ya no termina en la punta de los dedos, sino que termina en el extremo del martillo. Ocurre con todo, martillos, cucharas, bisturís, zancos y, por supuesto, vehículos.

Cuando conducimos un vehículo, el cerebro entiende que, de cintura para abajo, medimos cuatro metros de largo y dos de ancho.

La propiocepción es el sentido gracias al cual sabemos dónde están las partes de nuestro cuerpo aunque no las estemos viendo. Pies, manos, rodillas, nariz, siempre sabemos dónde están, el cerebro lo sabe. Cuando extendemos nuestro cuerpo al de un vehículo, el cerebro adapta la propiocepción para incluir las dimensiones del vehículo. Con muy pocas horas de adaptación, sabemos cuándo el parachoques va a tocar al de delante o cuándo la rueda va a pisar una naranja. En ese instante pasamos de ser humanos a ser centautos, mezcla de humanos y coches. Da igual que el vehículo sea un coche, un Boeing 787 o un súper petrolero.

Cuando subo a mi coche, pienso en los humanos que se subirán a un vehículo espacial para ir, por ejemplo, a nuestra Luna o a las de otros planetas. La cosa sería algo así:

Alexánder Pérez Chen, mi descendiente dentro de ocho generaciones, tiene un contrato de dos días para hacer un control de calidad de minerales en una fábrica instalada en el Lago de los Sueños, en la cara visible de la Luna.

Antes de salir de su casa, cuando aún no ha amanecido, prepara una mochila rápida y, sobre todo, echa en ella una pantalla del tamaño de una mano que contiene todas las rutas del sistema solar. Le gusta llevarlo porque le gusta soñar con viajes más emocionantes que el que tiene que hacer.

Cierra la puerta con cuidado para no despertar a su familia, que aún duerme y, al cabo de una hora, llega a la oficina de alquiler de naves que se encuentra en órbita alrededor de la Tierra. Camina por los pasillos, que están muy bien acondicionados magnéticamente, y aunque la endolinfa del interior de sus oídos y sus cabellos descontrolados le dicen que está flotando en gravedad cero, puede caminar con normalidad sobre la moqueta de colores marrones y mostazas de la empresa de alquiler.

En el interior de la nave, cuando se sienta frente al panel de mandos, piensa por un instante en los hombres que han pilotado vehículos antes que él y en los que los pilotarán en el futuro, y siente un pellizco de emoción. Siente cómo la nave, que mide seis metros de largo por dos y medio de ancho, forma parte de su cuerpo. De alguna manera percibe los anclajes traseros y laterales que la mantienen unida a la matriz de naves de alquiler listas para ser usadas.

A su alrededor, solo una tenue luz ilumina el contenido de la cabina. El silencio es absoluto. A través de los cristales ve a los lados las otras naves y, al frente, el espacio negro e inmenso cuajado de millones de diminutas estrellas. Desde la Tierra no se ven las estrellas pequeñas.

Coloca la ficha, que le han dado en la oficina, en un hueco del tablero de mandos y todos los controles comienzan a iluminarse. Alexánder siente una emoción infundada, se imagina a bordo de una nave mucho más compleja que la que tiene y con un destino mucho más exótico en un futuro muy lejano.

Aunque conoce los controles perfectamente, le gusta apreciarlos uno por uno. Cualquier otro piloto ya hubiera puesto todo en modo automático y habría salido de inmediato, pero a Alexánder le gusta la liturgia de los pequeños detalles. Pone música suave que comienza a reproducirse en un cuadrado verde a la derecha del panel. Al mirar de nuevo a través de las ventanas ahora ve sobrepuesta la imagen de una pista de despegue.

Deja su pantalla de rutas en un rectángulo sobre el panel de mandos y en una parte del cristal que da al exterior aparece la lista de objetos del Sistema Solar. Ahí están los planetas, sus lunas, anillos de asteroides localizados… Alexánder selecciona «Luna», comprueba que todos los sistemas de la nave están en verde y libera los soportes de enganche del atracadero.

Con la mano derecha va subiendo unas líneas gruesas de color naranja que hay en el panel y que indican la potencia a la que funcionan los motores. La nave sale suavemente de su ubicación y en pocos segundos el atracadero se convierte en un punto brillante que se aleja en medio del silencio.

Alexánder mira la Luna, que se hace visible por las ventanillas de la izquierda, y disfruta sintiéndose parte de esa nave que, en realidad, es él mismo ampliado.

Mientras mi descendiente cruza el vacío del espacio en su nave alquilada, yo pongo la temperatura de mi Peugeot en 23 grados, acciono el limpiaparabrisas y activo la resistencia para eliminar el vaho de los cristales.

Al girar el volante con suavidad hacia la izquierda para salir del aparcamiento, oigo muy bajito el silbido de la dirección asistida y sé con certeza que, si un día me toca pilotar una nave para ir a trabajar a la Luna, voy a sentir exactamente lo mismo.

Alrosa Air 514

Martes 7 de septiembre de 2010. El capitán Andrei Lamanov y el primer oficial Yevgeny Novoselov charlan en la cabina del Tupolev Tu-154M. Son las tres de la madrugada y la noche está clara. Unos meses antes, en junio, a esta hora ya estaba el sol fuera. Hace 6 grados en el exterior, una temperatura agradable comparada con los cincuenta bajo cero que suele hacer en invierno.

Están en el aeropuerto de Udachny, en Yakutia, plena Siberia. Se dirigen a Moscú y el vuelo promete ser apacible. El clima es bueno y las nueve de la mañana es una hora fantástica para aterrizar cerca de Moscú. Tendrán todo el miércoles para descansar.

A las 3:22 han completado las tareas de chequeo necesarias para el despegue y la torre de control les da permiso para despegar. Cinco minutos después, el Tupolev trimotor acelera por la única pista del aeropuerto Polyarny y despega con elegancia en la fresca mañana siberiana.

A las siete de la mañana, cuando aún les quedan dos horas para llegar a su destino, en la cabina suena dos veces una alarma ascendente parecida a las antiaéreas de la segunda guerra mundial, pero con una duración de solo un segundo.

– ¿Qué pasa? –pregunta el capitán Lamanov.

– Se ha desconectado el piloto automático –le responde el copiloto Novoselov.

Durante unos segundos intentan volver a activarlo pero no lo consiguen. Abren el manual de vuelo y consultan las posibles causas de la incidencia. Cuando aún no han encontrado el motivo, otra alarma, esta de un tono plano que se repite cada segundo, comienza a sonar en el panel del ingeniero de vuelo.

– ¡Estamos perdiendo los sistemas eléctricos! –exclama el ingeniero con preocupación.

– Se nos ha ido también el sistema de navegación –añade el cuarto tripulante de la cabina.

– Control, Alrosa cinco uno cuatro, tenemos problemas con los sistemas eléctricos a bordo –informa por radio el capitán Lamanov.

– Recibido, Alros… –la respuesta de la torre de control se corta antes de terminar. Han perdido la radio y demás sistemas de comunicaciones.

Mientras sucede esto en la cabina, los pasajeros se encuentran tranquilamente en sus asientos, dormidos, leyendo, o mirando por las ventanillas la interminable y deshabitada tundra siberiana. El avión continua volando aparentemente con la misma normalidad que ha volado hasta el momento.

– ¡Se han apagado las bombas eléctricas! –exclama el ingeniero.

Las bombas eléctricas son las encargadas de llevar combustible desde los tanques externos al tanque del que se alimentan los motores, de manera que, aunque el combustible está ahí, dejará de llegar en breve.

– ¿Cuánto tiempo nos queda? –pregunta el capitán Lamanov.

– Unos treinta minutos –responde el ingeniero.

– De acuerdo, vamos a descender de inmediato, tenemos que aterrizar de emergencia –anuncia el capitán y empuja el timón hacia adelante para bajar el morro del avión.

Cuando el avión desciende por debajo de las nubes, los tripulantes ven la extensión inabarcable de la tundra siberiana serpenteada solo por un río del que desconocen hasta su nombre. Es el río Izhma.

Utilizan las cartas de navegación para calcular su posición y buscar el aeropuerto más cercano, pero no hay ninguno al que puedan llegar antes de que se les agote el combustible. El capitán decide entonces acuatizar el avión. Están volando a unos mil metros de altitud y, desde esa altura, comienzan a alinear el avión con el sinuoso cauce del río Izhma intentando encontrar un tramo ancho y recto.

– ¿Eso es una pista? –pregunta el capitán muy sorprendido, señalando una zona rectangular despejada que hay delante y un poco a la derecha.

– Eso parece –responde el copiloto muy serio, calculando ya los movimientos que tendrán que hacer para que el Tupolev pueda aterrizar allí.

– Esa pista no figura en las cartas de navegación –informa el navegante.

– Abajo tren de aterrizaje –ordena el capitán.

El Tupolev va demasiado deprisa para aterrizar, el problema es que no pueden desplegar los flaps porque, aunque el sistema hidráulico funciona bien, el interruptor que activa los flaps es eléctrico. Mala suerte.

El avión se acerca a la cabecera de la pista a más de trescientos kilómetros por hora. Los pasajeros guardan silencio, agarrados al asiento de delante, como si quisieran conocer su suerte por los sonidos que oyen.

El capitán da orden de mover el máximo de pasajeros a los asientos delanteros para ganar presión en el frenado. Cuando están a tan solo cien metros de altura, el capitán cancela el aterrizaje porque la pista es demasiado corta.

Al encarar el segundo intento, ven por las ventanillas que algunos vehículos se han acercado a la pista abandonada, probablemente alertados por el primer intento o por la torre de control, que habrán adivinado las intenciones de utilizar la antigua pista militar. La sobrevuelan de nuevo y abortan el aterrizaje por segunda vez. Ahora ya se han hecho una idea clara de las posibilidades del terreno. La pista es muy corta, probablemente tiene quinientos metros menos de los que va a necesitar el Tupolev para frenar, pero ya no les queda combustible para hacer más intentos.

En el tercer intento disminuyen la velocidad tanto como pueden y bajan hasta casi rozar las copas de los árboles para posar las ruedas en el primer metro de asfalto disponible.

– Todo el mundo listo –dice concentrado el capitán Lamanov mientras sujeta el timón con las dos manos.

Aterrizan, se salen ciento sesenta metros del final de la pista llevándose algunos árboles por delante y despliegan los toboganes de emergencia.

Llegan los escuetos servicios de tierra. Uno de ellos es el operario Sergei Sotnikov, que, a pesar de que la pista llevaba cerrada desde 2003 al tráfico aéreo, y él ya no trabajaba allí, quiso mantenerla siempre limpia de matojos y obstáculos por si un día hacía falta.

El capitán Lamanov le da la mano con un agradecimiento estoico, espartano, como probablemente solo se dan la mano las personas que con su esfuerzo consiguen gestas heroicas.

Mientras tanto, algunos pasajeros han comenzado a recoger champiñones. Es temporada.