Un viaje corto

Cuando subo al coche siempre hago viajes interplanetarios. A veces, intergalácticos.

Marshall McLuhan, en Comprender los medios de comunicación, contó con acierto cómo cualquier objeto que utilicemos, por pequeño o grande que sea, se convierte en parte orgánica e indivisible del cuerpo. Si utilizamos un martillo, nuestro brazo ya no termina en la punta de los dedos, sino que termina en el extremo del martillo. Ocurre con todo, martillos, cucharas, bisturís, zancos y, por supuesto, vehículos.

Cuando conducimos un vehículo, el cerebro entiende que, de cintura para abajo, medimos cuatro metros de largo y dos de ancho.

La propiocepción es el sentido gracias al cual sabemos dónde están las partes de nuestro cuerpo aunque no las estemos viendo. Pies, manos, rodillas, nariz, siempre sabemos dónde están, el cerebro lo sabe. Cuando extendemos nuestro cuerpo al de un vehículo, el cerebro adapta la propiocepción para incluir las dimensiones del vehículo. Con muy pocas horas de adaptación, sabemos cuándo el parachoques va a tocar al de delante o cuándo la rueda va a pisar una naranja. En ese instante pasamos de ser humanos a ser centautos, mezcla de humanos y coches. Da igual que el vehículo sea un coche, un Boeing 787 o un súper petrolero.

Cuando subo a mi coche, pienso en los humanos que se subirán a un vehículo espacial para ir, por ejemplo, a nuestra Luna o a las de otros planetas. La cosa sería algo así:

Alexánder Pérez Chen, mi descendiente dentro de ocho generaciones, tiene un contrato de dos días para hacer un control de calidad de minerales en una fábrica instalada en el Lago de los Sueños, en la cara visible de la Luna.

Antes de salir de su casa, cuando aún no ha amanecido, prepara una mochila rápida y, sobre todo, echa en ella una pantalla del tamaño de una mano que contiene todas las rutas del sistema solar. Le gusta llevarlo porque le gusta soñar con viajes más emocionantes que el que tiene que hacer.

Cierra la puerta con cuidado para no despertar a su familia, que aún duerme y, al cabo de una hora, llega a la oficina de alquiler de naves que se encuentra en órbita alrededor de la Tierra. Camina por los pasillos, que están muy bien acondicionados magnéticamente, y aunque la endolinfa del interior de sus oídos y sus cabellos descontrolados le dicen que está flotando en gravedad cero, puede caminar con normalidad sobre la moqueta de colores marrones y mostazas de la empresa de alquiler.

En el interior de la nave, cuando se sienta frente al panel de mandos, piensa por un instante en los hombres que han pilotado vehículos antes que él y en los que los pilotarán en el futuro, y siente un pellizco de emoción. Siente cómo la nave, que mide seis metros de largo por dos y medio de ancho, forma parte de su cuerpo. De alguna manera percibe los anclajes traseros y laterales que la mantienen unida a la matriz de naves de alquiler listas para ser usadas.

A su alrededor, solo una tenue luz ilumina el contenido de la cabina. El silencio es absoluto. A través de los cristales ve a los lados las otras naves y, al frente, el espacio negro e inmenso cuajado de millones de diminutas estrellas. Desde la Tierra no se ven las estrellas pequeñas.

Coloca la ficha, que le han dado en la oficina, en un hueco del tablero de mandos y todos los controles comienzan a iluminarse. Alexánder siente una emoción infundada, se imagina a bordo de una nave mucho más compleja que la que tiene y con un destino mucho más exótico en un futuro muy lejano.

Aunque conoce los controles perfectamente, le gusta apreciarlos uno por uno. Cualquier otro piloto ya hubiera puesto todo en modo automático y habría salido de inmediato, pero a Alexánder le gusta la liturgia de los pequeños detalles. Pone música suave que comienza a reproducirse en un cuadrado verde a la derecha del panel. Al mirar de nuevo a través de las ventanas ahora ve sobreimpresa la imagen de una pista de despegue.

Deja su pantalla de rutas en un rectángulo sobre el panel de mandos y en una parte del cristal que da al exterior aparece la lista de objetos del Sistema Solar. Ahí están los planetas, sus lunas, anillos de asteroides localizados… Alexánder selecciona «Luna», comprueba que todos los sistemas de la nave están en verde y libera los soportes de enganche del atracadero.

Con la mano derecha va subiendo unas líneas gruesas de color naranja que hay en el panel y que indican la potencia a la que funcionan los motores. La nave sale suavemente de su ubicación y en pocos segundos el atracadero se convierte en un punto brillante que se aleja en medio del silencio.

Alexánder mira la Luna, que se hace visible por las ventanillas de la izquierda, y disfruta sintiéndose parte de esa nave que, en realidad, es él mismo ampliado.

Mientras mi descendiente cruza el vacío del espacio en su nave alquilada, yo pongo la temperatura de mi Peugeot en 23 grados, acciono el limpiaparabrisas y activo la resistencia para eliminar el vaho de los cristales.

Al girar el volante con suavidad hacia la izquierda para salir del aparcamiento, oigo muy bajito el silbido de la dirección asistida y sé con certeza que, si un día me toca pilotar una nave para ir a trabajar a la Luna, voy a sentir exactamente lo mismo.