Ahora lo veo

Vivir era esto, pero yo no lo sabía;

sigo siendo un niño, aunque arrugas tenga.

Aquí sigo firme, aunque ya no me sostenga,

muriendo de amor hasta el último día.

 

La muerte está delante, yo ya la veía,

pero ya no le temo, que cuando quiera venga.

Descansar de todo esto también me arenga

aguantar impertérrito esta vida mía.

 

No odies, no confrontes, no te enfades,

vas a acabar igualmente criando malvas,

para qué perder el tiempo en maldades.

 

Un violonchelo, un cuadro, una sonrisa calva,

el mundo tiene esas tiernas bondades.

Entérate ya, es la belleza la que nos salva.

El viaje de vuelta

Amada mía, mañana se terminan estas vacaciones que han sido inesperadamente maravillosas. Cuando esta noche te he dejado en la puerta de vuestra casa alquilada, me he quedado abajo, cerca de la esquina de tu calle, apoyando el pie en la pared y mirando embobado la luz que salía por las ventanas. Tú estabas ahí dentro y parecía que el corazón se me iba a salir del pecho de pensar en ti, en tu nombre, en el olor de tu cuello cuando nos hemos abrazado durante estos días mágicos.

No podré olvidar la noche que pasamos en el jardín de atrás de la casa de nuestro amigo César. El césped estaba alto y las estrellas lo estaban aún más, diáfanas, blancas, brillantes, azuladas.

No podré olvidar las horas que pasamos en aquella tumbona, el peso de tu cuerpo echado de espaldas sobre el mío, mientras el firmamento nos servía de acompañamiento silencioso y nos contábamos quiénes éramos. Me parece increíble que tan solo haga un mes que nos conocemos.

Puede que sea manido decirlo así, pero te quiero más de lo que nunca pensé que querría a alguien.

Sé que podemos estar en contacto cuando nos marchemos de aquí, lo sé, pero también sé que eso no sirve de nada. No podemos inventarnos el amor, no podemos inventarnos la pasión y desde luego no podemos no estar donde tenemos que estar, donde podamos amarnos. Parece que esta playa donde nos hemos conocido podría ser un sitio al que podríamos mudarnos y empezar una vida juntos, pero si no fuera este sitio quizá podría ser otro. ¿Te imaginas vivir en Tailandia por ejemplo? Dicen que allí siempre es verano, je, je.

Sé que nada es fácil, que nuestras familias nos pondrán mil pegas, pero también sé que al final tendrán que ceder, no hay empresa más loable que la de elegir por amor. Si insistimos lo suficiente, ¡lo conseguiremos!

Te mando un beso, amada.

Ojalá podamos volver a vernos muy pronto.

Tuyo, Gabriel.

 

Amado mío, estoy segura de que tú también me vas a escribir una carta de despedida en esta última noche. Tengo la sonrisa en la boca y no se me quita.

Por otra parte estoy triste, no me gusta la idea de que nuestros coches mañana vayan trazando una V en el mapa, de viaje, de vacío, de volver, no de victoria.

Quiero agradecerte la dulzura con la que me has tratado. Me late el corazón muy fuerte cuando me acuerdo de la tarde que estuvimos en las dunas viendo la puesta de sol, aunque en realidad ella era la invitada a nuestra reunión, porque nos sentamos el uno frente al otro. Sí, la puesta de sol sucedía allá al fondo del horizonte y la mirábamos de vez en cuando girando la cara, pero preferimos mirarnos a los ojos y sonreír. Me late el corazón muy fuerte, como te digo, al acordarme de tu mano grande acariciándome la mejilla.

Te has portado como un caballero. Podríamos haber tenido sexo, en varias ocasiones tuvimos la oportunidad, pero a mí no me pareció lo adecuado y sin que hiciera falta dar más explicaciones tú entendiste. Me has conquistado con tu elegancia, tu fuerza y tu dulzura.

No sé qué vamos a hacer a partir de pasado mañana. ¿Dejaremos que el tiempo apague esta llama? ¿Nos escribiremos unas pocas cartas hasta que ya no sintamos el amor necesario para escribir la siguiente? Soy toda dudas (como has podido comprobar en este mes inolvidable).

¡Haz de caballero de nuevo!, ¡ven a buscarme a lomos de algún corcel y compartamos todos nuestros días, tardes, noches y amaneceres a partir de ahora!

Qué loca. Me has vuelto loca. Voy a dejar de escribir ya porque se me sale el corazón por la boca.

Te amo.

Un beso muy fuerte.

Toñi.

 

— Papá, ¿te encuentras bien?— preguntó Luisa desde el asiento del acompañante.

— Sí, hija, claro que me encuentro bien— respondió su padre, Gabriel, desde el asiento de atrás—. ¿Por qué lo dices?

— Porque llevas todo el viaje muy callado.

— Lo que le pasa es que está enamorado— dijo Diana con voz cantarina sentada a su lado.

— Qué lista eres, bandida— respondió Gabriel sonriendo y acariciando con dulzura el mentón de su nieta.

Salir a navegar

Tod mira la previsión meteorológica en la pantalla del ordenador. Mañana hará buen tiempo. Hay una pequeña borrasca mar adentro, pero está muy lejos de la costa.

Por la ventana abierta ve el pantalán del puerto meciéndose rítmicamente. Las embarcaciones amarradas producen un suave chapoteo y una brisa cálida entra en la habitación.

Para salir a navegar con motor, una vez que se entra en el barco por la popa, hay que levantar la tapa del suelo para comprobar que la parte del habitáculo donde están los dos fuera borda no está inundada ni tampoco pierden gasoil. Después hay que cruzar las puertas del camarote de cubierta y a la derecha, justo tras los cristales parabrisas, está el timón, que aunque parece un volante de coche, hay algo de sacrilegio en llamarle volante, así que es el timón.

Hay dos llaves para arrancar los dos motores fuera borda. Antes de arrancarlos hay que dar una vuelta por la cubierta y comprobar que el barco podrá salir sin dificultades de su amarre. Que las defensas están en su sitio y a buena altura para que al rozar con los barcos de los costados no se dañe ninguno.

Entonces hay que decirle a Sancho, el muellero, que desate los cabos de las cornamusas del pantalán mientras se arrancan los motores.

El primer petardeo suelta una nube negra de gasoil quemado que huele a gloria. Es el olor de los viajes, de las aventuras, del trabajo duro, de los pesqueros que van a África, de los trabajos que comienzan antes del amanecer, cuando la mayoría del mundo está aún dormido.

Sancho, que tiene la piel tostada, la barba canosa y áspera como puercoespín y los pantalones siempre arremangados, saludará mientras lanza los cabos sobre la cubierta de popa con la precisión de un jugador de la NBA. Sus manos son tan duras que puede abrir un botellín de cerveza metiendo el pulgar bajo la chapa y lanzándola por el aire con un gesto seco.

Después hay que empujar suavemente hacia arriba las palancas de potencia que están a la derecha del timón y un remolino de agua espumosa se revolverá tras la popa del barco mientras la proa comienza a salir del atracadero.

Una vez que el barco esté enfilando la bocana del puerto, habrá que encender el plotter, el radar y la emisora. Habrá ruido de estática cuando el práctico avise que el Trueno III está saliendo y las pantallas electrónicas de los otros aparatos muestren los mensajes de inicio.

Pasada la bocana, aunque sea un día tranquilo, el mar comienza a ser mar de verdad y no la calma chicha del puerto.

Tod espira por completo el aire de sus pulmones como si sus pensamientos hubieran llegado a un punto y aparte y comienza a escribir en la pantalla del ordenador:

«Papá, mamá, sé que no va a ser fácil, pero quiero salir a navegar. Ricardo me ha dicho mil veces que puedo ir en su barco cuando yo quiera y creo que ya quiero».

Entonces mueve su pupila y el dispositivo de seguimiento ocular que tiene instalado en su silla de ruedas hace que la flecha del ratón se desplace hasta el botón de enviar y, tras un rápido pestañeo, lo pulse.

La tempestad

El mar saltaba en colores de piedras: basaltos, malaquitas, granitos, colores oscuros. Estábamos en medio de la tempestad, Ramón al timón, Jenny desmayada en el camarote interior, Cecilia desmayada en el camarote de cubierta, justo detrás del asiento del timonel, Felipe y yo luchando en la popa contra las rachas de lluvia huracanada, helada, que nos calaba hasta los huesos, dejándonos la ropa pegada y pesada sobre la piel. Felipe me gritaba instrucciones para desenganchar las cañas instaladas en largos tubos de acero, recoger rápidamente el hilo, aguantando el poderoso carrete para pescar piezas de hasta ciento cincuenta kilos, de tal forma que no girase más aprisa que el hilo que sacaba del mar. Antes había que apretar el embrague lateral para impedir que la fuerza de las corrientes tirase del sedal más que el propio carrete.

El barco escoraba peligrosamente en todas direcciones, porque las olas habían dejado de atacar solo en un sentido, y la superficie del mar se había convertido en una formación de enormes colinas agitadas y espumosas sobre la cual el barco brincaba, insignificante frente a la fuerza incontrolable de la tempestad. El cielo se había oscurecido como si fuera a caer la noche, la visibilidad se había reducido a trescientos metros, una densa niebla cubría el resto. Íbamos descalzos, la superficie de teca de la cubierta de popa impedía que resbalásemos cada cinco segundos. Hablábamos a gritos, los motores rugían, el mar rugía, el cielo reventaba en truenos que hacían vibrar los cristales de las ventanillas. Los músculos de los hombros empezaban a quemar por el esfuerzo ininterrumpido de tirar de las cañas, de los hilos, de agarrarnos donde podíamos. Ramón, desde el interior del camarote, aferrado al timón, nos gritaba que el radar estaba en blanco, señal inequívoca de que nos hallábamos en el centro de la tempestad. El peligro de seguir avanzando es que podíamos empotrarnos en el costado de un petrolero sin verlo siquiera. El peligro de parar los motores era que la tempestad podía arrastrarnos durante horas hasta que descargase toda el agua de las nubes. Girando la cabeza por encima de mi hombro izquierdo, le grité a Ramón, sin soltar el hilo de la caña que estaba recogiendo, que subiese el volumen de la emisora, por si algún otro barco nos veía a nosotros antes que nosotros a él. El GPS funcionaba perfectamente, así que sabíamos que nuestro rumbo era cuarenta y cinco grados y que a menos de veinte millas estaba la costa, puerto seguro, aunque por la emisora avisaban que era imposible amarrar porque las olas de cuatro metros rompían furiosamente contra el pantalán e impedían la entrada suave de cualquier embarcación. Dos de los aparejos que teníamos en el mar eran dos curris de cinco céntimos atados con goma elástica a los soportes de aceros de las cañas, y sorprendentemente, ambos traían presa, dos bonitos de kilo y kilo y medio, mientras que las poderosas cañas no habían pescado nada. Los peces saltaban sobre el suelo de madera, en medio de las ráfagas de lluvia. Teníamos que quitarles los anzuelos y echarlos en la nevera portátil donde había seis o siete piezas más.

Antes de embarcar, por la mañana temprano, yo desayunaba unos cereales y un café con leche, sin contar con que el café con leche es pésimo para navegar y con que se adelantaba la hora de salida por el peligro de temporal. Así que me subí al barco tragando el último sorbo del desayuno. A los cinco minutos ya estaba el café con leche y los Special K de Kellogs en el fondo del Mediterráneo, y eso que el mar estaba calmo entonces, pero pasé los primeros minutos de navegación leyendo las instrucciones del plotter para enseñarle a Ramón cómo calcular la distancia desde la posición del barco a un punto cualquiera. A continuación llegó un mensaje al móvil y cuando intenté responder me vino la primera arcada. No me gusta vomitar pero también sé cuándo es inevitable, así que me asomé por la borda de estribor y eché el desayuno, la cena de la noche anterior y una lenteja que tenía atascada desde hacía un mes. Me enjuagué la boca con agua salada y se acabó el malestar.

Sin embargo en medio de los tremendos vaivenes de las olas, del ruido, del viento, de la lluvia, me encontraba a mis anchas. Me sentía pequeño, insignificante en medio de tal despliegue de poderío, de fuerza arrolladora, pero era como si el mar estuviera haciendo lo que tenía que hacer, la tormenta su parte y yo la mía. Me sentía parte de la naturaleza que me envolvía y que podía tragarme sin ser consciente de que me tragaba.

Cuando las cañas estuvieron recogidas me detuve a contemplar todo ese paisaje de movimiento, de agua, de sal y de espuma, agarrado al pasamanos de la escalerilla que subía a la cubierta superior. Felipe fue junto a Ramón para intentar sacarle alguna imagen al radar inutilizado por la tormenta, consiguió aclarar los contornos eliminando ruido de fondo, pero tan excesivo que un barco de cincuenta metros hubiera parecido una patera en la imagen verde de la pantalla. Poco a poco la tormenta fue amainando y la visibilidad aumentó. Cuando el barco dejó de brincar, Jenny salió del camarote con la cara blanca como el papel. Cecilia, todavía tumbada en el asiento de la cabina, se sujetaba la frente con el dorso de la mano izquierda y el estómago con la derecha, los ojos cerrados. Para cuando Felipe dio por buena la imagen del radar ya podíamos ver perfectamente el pantalán del puerto, con el faro en el extremo que se adentraba en el mar.

Ya en tierra, no paraba de pensar que podría haberme caído por la borda mientras les quitaba los anzuelos de cinco céntimos a los bonitos, con lo fácil que hubiera sido cortar el sedal.

Madre en el hospital

Corto el filete de merluza con el tenedor de plástico blanco que venía en la bandeja de la comida. La merluza se desmenuza en trozos grandes y sabrosos. Por la ventana de la habitación entra la luz amarillenta del atardecer.

Mi madre abre la boca un poco temblorosa y mastica con cuidado el pescado.

Sus ojos azules están un poco acuosos, tiene la cabeza vendada y se le ven restos de yodo por uno de los bordes de la venda.

Mientras cumplimos con el ritual de la cena, introduciéndole los bocados de comida uno a uno lentamente, con el ritmo que acompaña siempre a la edad provecta, recuerdo aquella vez, cuando yo era un niño, que ella intentaba untarme crema solar y yo no me estaba quieto porque lo que quería era irme a jugar con los demás a la playa. En el forcejeo, me arañó sin querer en un costado. El pequeño arañazo se volvió rojo al instante y comenzó a sangrar levemente. Yo grité como si el daño fuera mucho mayor y recuerdo –ahora, cincuenta años después– que exageré para que mi madre se sintiera culpable, porque –ahora lo sé como adulto– quería castigarla por no dejarme ir a jugar inmediatamente. Y recuerdo cuando me hice aquellas dos heridas abiertas y anchas en las tibias intentando saltar un murete de ladrillos en la puerta del instituto de bachillerato. Fui andando muy despacio por la calle desde el instituto hasta mi casa, mientras me sangraban las piernas por debajo de los pantalones, manchándome las lengüetas de las zapatillas, y al llegar, mi madre me curó como pudo, nerviosa de ver tanta sangre y sin saber qué hacer exactamente.

Ahora soy yo el que la cuida, como si fuera la hija que no he tenido, dándole de comer como a una niña pequeña. Ahora es ella la que tiene una cicatriz en la cabeza.

Entre bocado y bocado, mientras ella mastica despacio, le acaricio con suavidad la cabeza vendada.

Es un orgullo, dado lo difícil que es vivir una vida, haber llegado hasta aquí y estar aquí para cuidarla como ella me cuidó a mí los años que lo necesité.

Y sí, soy gay. Pero eso es harina de otro costal.

Pausa para una reflexión sobre el universo

Solo soy una mota insignificante en algún punto de esta bola azul.

Si se observa desde suficiente distancia, se ve todo inmóvil. Suficiente distancia deben ser unos cuantos miles de kilómetros. Quizá desde mil o dos mil kilómetros de altura se ve el disco completo de la Tierra y, aunque aquí haya huracanes y terremotos, desde allí arriba todo parece en calma. Quizá puedan verse ocasionales chispazos entre las nubes blancas, que seguramente tendrán formas espirales como galaxias, porque todo está metido, todos estamos metidos, en el mismo balde. A veces pienso en cuánto se parecen los remolinos que se hacen en un balde, cuando remueves el agua con un palo, a las formas que tienen las galaxias. Remolinos de centímetros contra galaxias de cientos de miles de años luz y aun así, las mismas formas.

La luna no ha salido aún y se puede ver el cielo negro plagado de estrellas. Estoy en la cara oscura del planeta. Visto desde el espacio, mi inmovilidad es doble, por la distancia y porque realmente no me estoy moviendo, aunque nada me gustaría más.

Es entonces, en medio de mis pensamientos, cuando empieza a soplar el viento. Me incorporo de un salto, manteniendo el equilibrio entre los troncos de la balsa que construí hace dos semanas ya. Oriento la vela, hecha con hojas enormes, de forma que se tense con el viento que sopla y miro las estrellas para mantener rumbo al oeste.

No sé nada de barcos, ni de estrellas, ni de vientos, pero sé que no me iba a quedar en aquella isla nada más que el tiempo necesario para averiguar cómo escapar de ella.

Puede que muera en el mar, pero habré muerto intentando vivir.

Investigadores

 

La sala circular tiene cincuenta metros de diámetro y un techo abovedado de doce metros de altura. Tanto el suelo como las paredes son de un material gris oscuro, de tacto suave, que amortigua las conversaciones de los veinte científicos que charlan entre ellos, mientras permanecen de pie esperando que comience la sesión.

Los científicos se encuentran delante de unos asientos organizados en dos matrices rectangulares, como si se hubieran levantado y caminado al frente, hacia una pantalla de cine inexistente. Los asientos están en el mismo centro de la sala circular, aislados como los bancos de una iglesia en el centro de una catedral.

La pared del fondo, tras la última fila de asientos, parece tan lisa como el resto de la sala, sin embargo, una puerta se abre y a través de ella entra otro científico que es al que todos estaban esperando para comenzar.

Se oyen unos murmullos de alegría y el sonido de roces de tejidos y pasos amortiguados que producen veinte personas al desplazarse unos metros y sentarse en sus asientos.

—Buenos días a todos —comenzó el científico jefe situado frente a los asientos, donde antes se encontraban de pie los demás—. Al igual que ustedes, he recibido el aviso del hallazgo hace sólo un momento. Para que conste en la grabación de la sesión, vamos a hacer un resumen de la situación y después conectaremos con el RUHB explorador.

Los científicos asintieron, ese era el procedimiento habitual. Las luces de la sala se amortiguaron hasta apagarse, a la vez que las paredes, el suelo y el techo abovedado se iluminaron hasta mostrar un paisaje desértico, montañoso, cubierto por un cielo azul en el que no se veía una nube. A todos los efectos era como si hubieran trasladado sus asientos a ese lugar. En el silencio de la sala podía oírse el viento que soplaba de vez en cuando.

—Día 172 del año 23 del siglo 30.007. Proyecto de investigación sobre el origen de la raza humana —dijo el científico jefe, y una tabla de datos relativos al proyecto apareció superpuesta a la imagen del desierto—. Según lo descubierto en los últimos años de investigación, la raza humana no se originó en el planeta Corona en el que nos encontramos, sino que proviene de otros dos planetas, Coside y Aliba. Sabemos a su vez que tampoco se originaron allí, sin embargo hasta ahora no hemos podido encontrar los planetas anteriores. En total tenemos pruebas de la existencia de humanos en Coside, Aliba y Corona durante los últimos tres millones de años. El proyecto ORIGEN ha enviado con éxito RUHB exploradores a planetas situados hasta un máximo de 120 años luz, pero por el momento ninguno de ellos ha encontrado trazas humanas. Hace escasamente dos clics* (*2 clics = 36 minutos) hemos recibido aviso del RUHB explorador que se encuentra en el tercer planeta de la estrella VV2708, a 40 años luz de Corona, indicando la presencia de formaciones rocosas regulares que podrían ser de procedencia humana. Para la coordinación instantánea con el RUHB estamos utilizando un módulo de partículas gemelas a las que no les afecta la limitación de la velocidad de la luz.

El RUHB que ha hecho el hallazgo lleva cargada la copia cerebral del doctor Mezago —y señaló la primera fila de asientos donde un investigador asintió dándose por aludido—, que es especialista en exogeología.

 

 

Lo que estos investigadores ignoraban es que el robot explorador RUHB estaba en el planeta que tres millones de años antes se había llamado la Tierra, en la actualidad completamente desértico, estéril y olvidado. Es más, lo que el RUHB había encontrado en su exploración eran los restos fosilizados de una minúscula parte de la que fue la biblioteca del Vaticano.

—Adelante RUHB, dinos que has encontrado —pidió el científico jefe—. Estamos todos en la sala de visualización.

—Hola, jefe —respondió el RUHB—, como podéis ver aquí hay una roca de unos dos metros de largo que tiene unas marcas geométricas. Son como rectángulos de distintos tamaños, unos junto a otros y manteniendo cierta alineación.

Los científicos miraron en silencio la roca, perfectamente visible en el soleado y desierto día azul. Intercambiaron en voz baja algunos comentarios.

—¿Qué crees que es, RUHB? —Preguntó el científico jefe.

—Esta roca ha sido movida hacia el exterior debido a la actividad volcánica. Las marcas rectangulares son, probablemente, el efecto de compresión y desplazamiento de los distintos materiales que han ido ascendiendo hasta alcanzar esta posición en la superficie.

—De acuerdo, RUHB —dijo el jefe científico—, toma unas muestras y volveremos a hablar en nuestra comunicación regular programada para dentro 500 clics.

Los científicos se levantaron, la imagen del desierto desapareció y la sala recuperó el tono gris que tenía al principio. Todos coincidían, con mayor o menor razón, en el análisis que había hecho el RUHB sobre la roca encontrada, lo cual no les restaba ni un ápice de interés al proyecto en curso para encontrar el origen del ser humano, o al menos el planeta anterior a los que ya se conocían.

El motivo por el que los científicos no supieron ver una estantería de libros en la roca encontrada era porque tras tres millones de años de existencia, los libros habían desaparecido hacía mucho tiempo.

Problema de ética

01.04.2011 22:34 26ºC

Tenemos una pecera. No es una metáfora, es de verdad, tenemos una pecera con dieciséis peces y uno de ellos le come a los otros las aletas. Con mis ojos de humano miro cómo los va incordiando a todos, los persigue un trecho, y en un último aleteo les da un bocadito donde puede. Es el pez más pequeño de la pecera.

La G. y yo nos sentamos de vez en cuando en el suelo delante de la pecera a mirarlos y nos da rabia ver que no los deja en paz. Creo que en algún sitio en internet pone que a ese pez le llaman el comecolas. La G. me decía ¿qué hacemos con él?, y yo le dije lo tiramos al váter y en paz. Taxativo. Problema de ética: ¿Debería matar a un pez porque creo que molesta a los otros peces?

Primero pensé que sí, que al carajo, pero después la G. lo sacó de la pecera grande y lo puso en una pecera pequeña que usamos para curar a los enfermos poniéndoles un poco de antibiótico en el agua. Entonces empecé a sentir lástima por él. Ya no me parecía tan buena idea tirarlo al váter.

Comencé este post hace unos días, pero sólo escribí dos líneas porque no me acababa de convencer lo que tenía que contar, en realidad se me venían conflictos más complicados a la cabeza. ¿Y si en vez de un pez fuera un ser humano?, y no tenía ganas de entrar en esa polémica. Así que hoy decidí dejar esas dos líneas guardadas para hacer algo con ellas en el futuro. Me levanté de la silla, fui a ver qué tal estaba el pez castigado y estaba muerto, pequeño y quieto en el fondo de piedrecitas.

He vuelto a la silla, he reabierto las dos líneas y he escrito este microhomenaje a un pequeño pez que no podía vivir sin tocarle los cojones a los demás.

Plantilla desajustada

 

–¡Elaine!– gritó el capataz Sánchez al intercomunicador que tenía sobre la mesa.

–Yes, sir?– respondió de inmediato la imagen de Elaine que apareció recortada en la pantalla.

–¿Por qué aún no tenemos en plantilla a todo el personal necesario para la obra de Luna-17?– preguntó enfadado el capataz Sánchez.

–Señor, no se han presentado suficientes solicitudes para cubrir las plazas–, respondió Elaine.

–¡Pero cómo demonios va a ser eso posible!–, estalló el capataz Sánchez, gritándole a la etérea pantalla donde se encontraba Elaine arrugando la frente y los ojos. – ¡Elaine, eres la responsable de recursos humanos de una empresa de cinco mil trabajadores!, ¡mi empresa!, ¡hay más de nueve mil millones de habitantes en la Tierra, una tasa de desempleo del 7%!, ¿y no eres capaz de encontrar 12 solicitudes para cubrir los puestos que necesitamos para construir una mina estándar en Luna-17?

Al capataz Sánchez parecía que las venas del cuello y de la sien le reventarían en cualquier momento provocándole una muerte inmediata.

–Señor, ya tenemos cubiertas siete de las doce solicitudes, podríamos cubrir las cinco que faltan con hombres…

–¿CÓMO?, ¿CON HOMBRES?– gritó el capataz Sánchez.– ¡Elaine, sabes perfectamente que tenemos que cumplir la resolución 5050 de la ONU de 2030, revisada en 2080, si nos la saltamos y nos hacen una inspección, nos pondrán una multa que nos costará mucho más de lo que vamos a ganar construyendo una simple mina de sílice en Luna-17!

–Señor, ya lo he comprobado–, respondió Elaine intentando mantener la calma–, lo he consultado con el Departamento Legal y podríamos contratar a hombres como sustitutos de las cinco plazas que nos faltan siempre y cuando podamos justificar que no hemos recibido suficientes solicitudes para cubrirlas según indica la Ley.

El capataz Sánchez bajó un par de puntos su nivel de ira.

–Entonces, ¿podríamos llevar a cabo el contrato con una plantilla desajustada?–, preguntó.

–Sí, señor–, respondió Elaine con aplomo–. La obra requiere 120 trabajadores. Según la resolución de igualdad 5050 de 2030 revisada en 2080, esta plantilla debe constar de un 45% de hombres, un 45% de mujeres y un 10% de androides. Los 54 hombres y las 54 mujeres las hemos cubierto sin dificultad en el plazo habitual, pero por algún motivo, sólo se han presentado 7 androides para este trabajo. Si cubrimos las 5 plazas restantes con hombres sustitutos, sólo tendremos que negociar su sueldo con el sindicato, puesto que no aceptarían cobrar el salario de un androide, pero creemos que no será un gran problema.

El capataz Sánchez inspiró un momento.

–Está bien, adelante–, dijo asintiendo levemente–. Pero tenga mucho cuidado con las repercusiones, hable con la gente del Departamento de Medios Sociales y que vayan preparando los memes correspondientes. Los primeros los tienen que lanzar nuestra gente externa, así tendremos el control sobre las bromas que van a generar hombres sustituyendo a androides.

–Ya lo he hecho, señor–, respondió Elaine.

–Gracias, Elaine–, dijo el capataz Sánchez–. No sé qué haría sin ti–. Y cortó la comunicación antes de que ella pudiera responder.

Elaine sonrió a su pantalla gris.

 

Nadie Sabe Nada

Solo os escucho mientras conduzco, así que después de cuatro meses he oído los 80 programas que habéis hecho. Y, efectivamente, me habéis convertido en mejor persona. Pensad que, además, me habéis convertido en un monstruo porque siempre me estoy partiendo de risa mientras CONDUZCO!! Los demás conductores se suelen quejar a la policía: «agente, agente, que me he colado de mala manera en aquella rotonda por delante de aquel tío, no se ha cagado en mis muertos y no para de reírse!!» En fin, os estoy muy agradecido también por otra cosa: como seguramente no sabréis, el cerebro está diseñado para concentrarse sólo en una tarea a la vez. El concentrarme en vuestras maravillosas conversaciones me ha aliviado de mis propios demonios con tanta efectividad, que realmente creo que deberían recetaros como terapia en casos de estrés, angustias y ataques de pánico  : )

Un muy cordial saludo.
Paco.